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20230728

Tardes de Domingo

Una vez alguien me dijo que era de mal gusto suicidarse un domingo. No me conocía aún, pero al verme contemplando el vacío desde un balcón del cuarto piso de la biblioteca central, cosa que solía hacer por aquellos días sin motivo alguno, se acercó y me soltó esas palabras. 

–¡Y ni se te ocurra hacerlo por la tarde! Los que descansan el fin de semana, están desanimados por la pronta llegada del lunes, y las pobres almas que trabajan, como los paramédicos de turno, lo último que querrían sería lidiar con una tragedia–. Agregó para justificar lo que había declarado antes. Nunca supe si me habló porque de verdad pensaba que iba a saltar o simplemente para iniciar una conversación conmigo.

–Allá se fueron mis planes para esta tarde–, le respondí. –¿Ahora qué voy a hacer?

–Podríamos ver una película aquí mismo– sugirió él. –Creo que hoy pasan un clásico de Chaplin–.

Y así fue como comenzó nuestro ritual dominical de pasar el tiempo juntos. Debido a compromisos familiares y por mi trabajo, sólo podíamos vernos ese día de la semana. De películas en la biblioteca pasamos a verlas en el cine, y cuando ninguna nos gustaba, explorábamos juegos de mesa o salíamos a comer. Y de esa manera estuvimos disfrutando de la vida, sin tapujos, una semana a la vez. En algún momento, él decidió robarme un beso, o yo permití que lo hiciera, y comenzó entonces el año más feliz de mi vida, si no de nuestras vidas.

Todo fue perfecto hasta que la situación del país lo llevó a tomar la decisión de emigrar lejos. Intentó convencerme de que me fuera con él, pero no me atreví a hacerlo. Pensaba en mi familia y en todo lo que me rodeaba; solo el hecho de empezar de cero en otro país me paralizaba. Durante esos últimos días juntos, nos vimos todo el tiempo, incluso cuando no era domingo, y nos prometimos no dejar de escribirnos. Al principio, cumplimos esa promesa a cabalidad, pero a medida que transcurrían los meses, la rutina diaria y nuestras responsabilidades se interpusieron, y poco a poco rompimos nuestro pacto. De aquel amor tan impoluto, solo nos quedaron los recuerdos.

Continuamente me preguntaba cómo le estaría yendo. ¿Seguiría en el mismo trabajo? ¿Habría cambiado de ciudad? ¿Estaría disfrutando de su nueva vida? Sentía el impulso de escribirle un mensaje de texto, pero siempre encontraba una excusa para posponerlo. “Seguro está ocupado ahora”, o, “Mejor durante el fin de semana”, me repetía. Y así, el tiempo se me escurría entre los dedos. 

Pasaron los años, pero una mañana de junio, de pronto, lo volví a ver en un café local. Me tomó por sorpresa su presencia y, aunque pensé en acercarme a saludarlo, se le veía tan sonriente y bien acompañado, que no me atreví a hacerlo. Decidí irme a casa y de inmediato le escribí un correo electrónico para contarle que lo había visto y que me alegraba mucho verlo feliz. Me di cuenta de que eran sinceras mis palabras, y de esa manera supe cuánto lo había querido realmente.

Esa misma noche recibí su respuesta. Me confesó que no sabía si era feliz, pero que estaba haciendo todo lo posible por lograrlo. Me contó que se había comprometido con alguien y que había regresado al país para obtener los documentos necesarios para su boda. Me propuso vernos antes de su partida, pero al enterarme de que se casaría y no conmigo, opté por desearle lo mejor de corazón y buscar cualquier excusa para no encontrarnos. No quería revolver el pasado cuando me había costado tanto superar su partida.

Una madrugada, cuando ya las redes sociales se habían popularizado, desperté con una solicitud de amistad suya, junto a un mensaje donde decía que había vuelto a ver aquella película de Charlot que habíamos visto cuando nos conocimos, y que eso le había hecho pensar en mí. Al mirar su perfil, vi una fotografía de su boda y, aunque moría de ganas por decirle que yo revivía aquel día cada hora de mi vida, decidí no aceptar su petición. Sabía que sería imposible resistir la tentación de obsesionarme con cada detalle de su vida.

Desde entonces, no supe más de él durante mucho tiempo, hasta que hace unos días recibí la noticia de que, cansado de la vida, había decidido marcharse un domingo por la tarde. Lloré profundamente, tanto por lo que fuimos como por lo que pudimos haber sido, pero sobre todo por lo que no hice para acompañarlo en la distancia. Ni siquiera tenía idea de que lo consumía la tristeza.

Cuando recobré la calma en la mañana siguiente, me di cuenta de que la elección del día de la semana para su partida no podía ser una casualidad. Seguramente fue su intento de comunicarse conmigo, como si quisiera decirme con un guiño que no le importaba que fuera considerado de mal gusto lo que hacía, que no me había olvidado y que nunca había dejado de ser mío. Al igual que las tardes de domingo, que aunque llevabamos tiempo sin compartirlas juntos, en realidad nunca habían dejado de ser nuestras. Jamás dejarían de serlo.

20120301

La Plaza de las Golondrinas


No todos los días transcurrían de la forma que Margarita hubiese querido. Ella preferiría tener, cada mañana, la oportunidad de desayunar con su madre; los mediodías, de almorzar con su papá;  en las tardes,  de jugar con su sobrino y  conversar con sus hermanos;  por las noches, de salir a tomarse algo junto a sus amigos de toda la vida;  y justo antes de dormir, de  llenar de besos y abrazos a su abuelita. Lamentablemente, la muchacha pocas veces tenía la ocasión de realizar al menos una de estas cosas: las distancias se lo impedían. Sin embargo, nadie que la observase por la calle o en su trabajo, se daría cuenta de lo poco que sus días reales se parecían a su jornada perfecta. Margarita siempre daba la impresión de ser la niña más feliz del mundo.

Indudablemente, ella vivía contenta. ¿Por qué iba a permitir que la soledad le amargase la existencia? Todas las noches se iba a la cama con una buena dosis de esperanza: tenía mucha fe en que, tarde o temprano,  volvería a reunirse con sus seres queridos de forma constante. Por los momentos, le bastaba con lo mucho que las telecomunicaciones le acortaban las distancias. Era una optimista sin remedio y ella lo sabía. Le gustaba serlo.

No es de extrañar entonces que, a sus compañeros de trabajo y vecinos, les encantase disfrutar de la compañía de Margarita. ¿A quién no le gustaría estar junto a una persona que muy pocas veces esté amargada y que se ría con frecuencia?  Ella les ayudaba a levantar el ánimo del grupo, y por eso siempre la invitaban a todo cuanto hacían; lo cual no quiere decir que la muchacha siempre aceptase, pero por lo general… lo hacía.

En diversas ocasiones, iban a tomarse algo al bar que estaba situado frente a la plaza de las golondrinas. Margarita nunca recordaba el nombre real de la plaza, por lo que se refería a ella de ese modo. En dicho lugar, había también una fuente de mediano tamaño. Muchas veces, la joven se ausentaba un rato de la mesa donde estaban sus amigos y se iba hasta la fuente a contemplarla unos minutos. Más por costumbre que por superstición, también arrojaba una moneda al agua y pedía un deseo. En realidad, no pedía nada en concreto. Simplemente, pensaba en su familia y amigos queridos. Le relajaba un poco hacer eso.

Margarita acababa de lanzar una moneda cuando conoció a Ignacio. “Dicen que si arrojas dos monedas, el deseo se te cumple el doble de rápido”, fue lo primero que le dijo él. Ella no se había percatado de su presencia. Cuando lo vio, a pesar de que le intimidaba un poco su mirada, había algo cálido en ella que le daba una sensación de seguridad y bienestar, por lo que decidió seguirle la corriente. “¿De verdad?”, le replicó, y acto seguido arrojó una segunda moneda a la fuente.
“¡Sí! ¡Ya verás qué rápido se te cumple!”, le contestó Ignacio al mismo tiempo que se arremangaba la camisa. Margarita se sorprendió mucho al ver cómo el muchacho introdujo su brazo en el agua –la cual debía estar casi congelada- y recogió las dos monedas como si nada. “¡No te vayas!”, le susurró, y en seguida se marchó hacia los alrededores de la plaza.

La muchacha no comprendía nada, mas, de todas formas, decidió esperar al extraño chico. Por fortuna, fue poco el tiempo que tuvo que hacerlo. “¿Viste qué rápido se te cumplió tu deseo?”, le dijo él mientras le entregaba una de las dos tazas que traía consigo. “Ehhh... ¿cuál deseo, si se puede saber?”, le cuestionó Margarita. “¿No pediste poder beber una buena taza de chocolate caliente en este momento?”, le replicó Ignacio. “No lo creo,” contestó ella, “ni siquiera soy muy fanática del chocolate”. “Mis disculpas, entonces”, le dijo él, “evidentemente, fue mi deseo lo que la fuente cumplió”.

-H.G.

20100305

5 Minutos, 17 Segundos

Sebastián pasó los primeros años de su vida creyendo que tenía algún problema en la vista. No tenía idea de cuál en específico, pero pensaba que debía ser uno bastante grave, puesto que muchas veces le costaba enfocar su visión en algo y ver con nitidez. Su madre, en cuanto supo que su niño no veía bien, lo llevo de especialista en especialista tratando de encontrar el problema (y su respectiva cura), pero ningún oculista encontraba algo errado en los ojos de Sebas. “No me pasa todo el tiempo, pero cuando ocurre, es como si estuviese mirando dos cosas distintas a la vez”, era como el paciente describía su problema a los doctores, pero estos pensaban que el niño lo estaba inventado, ya que él había logrado leer todas las letras en la pared, y nadie que logre esa hazaña, afirmaban ellos, puede estar mal de la vista.

Después de bastante tiempo, uno de los oftalmólogos finalmente le sugirió a la madre de Sebastián que le comprase unas gafas con cristales transparentes. Él pensaba que el problema podía ser psicológico y que, de ser así, tal vez la idea de usar lentes bastaría para hacerle creer al niño que ya veía bien. La verdad es que las gafas poco efecto tuvieron en la nebulosa visión de Sebas, pero su uso coincidió casualmente con el momento en el que el niño comenzó a ver mejor. Por esta razón, la madre y el médico siempre pensaron que la hipótesis de este había sido correcta, cosa que influyo notablemente en el hecho de que el oculista eventualmente se convirtiera en el padrastro de la criatura. El padre de Sebastián se había casado, pero no con su madre.

La visión de Sebas mejoró al siguiente día de que este comenzara a usar lentes. Sin embargo, este avance tuvo más que ver con piratas que con sus gafas, ya que estaba disfrazado de corsario cuando por primera vez pudo ver sin problemas un programa de televisión. Resulta que desde que el niño tenía memoria, nunca había sido capaz de ver esa caja mágica sin sentirse mareado enseguida. Si había algo que él no podía ver con claridad, eso era el televisor cuando estaba encendido. Mas todo eso cambió cuando el niño, vestido de pirata, se dio cuenta de que si veía la tv a través de un solo ojo (debido al parche, obviamente), la podía ver perfectamente bien. Le tomaría un día percatarse de que su problema para enfocar se debía sencillamente a que veía cosas distintas por cada ojo.

¿Qué tan distintas eran las cosas que veía? Pues si por ejemplo con su ojo derecho observaba que estaban dando una caricatura en la tv, con su ojo izquierdo lo que percibía era que estaban transmitiendo los comerciales. En una época en la que el control remoto aún no existía, esto era toda una hazaña. Lo más extraño del asunto, era que todo lo que Sebastián veía a través de su ojo izquierdo, más tarde se repetía exactamente igual pero por su ojo derecho. Fue de esta manera que el niño se enteró de que podía ver el futuro.

Con la ayuda de un reloj, el cual Sebastián sabía leer gracias a imágenes en libros (un reloj era otra de las cosas que no podía ver con claridad), el muchacho pudo saber con precisión que su ojo izquierdo le permitía mirar cinco minutos y diecisiete segundos en el futuro. Dado que él era un niño muy maduro para sus escasos ocho años, prefirió callar y no hacer el anuncio a vox populi. No quería ser tratado como un fenómeno. En realidad, ni siquiera estaba orgulloso de esa particularidad: poder observar lo que va a pasar en 5 minutos no era una habilidad que le agradara mucho. ¿De qué le podía servir eso? No era como volar o poder leer los pensamientos: cosas, pensaba él, bastante más productivas.

Mas, al contrario de lo que había pensado inicialmente, Sebastián poco a poco le fue encontrando utilidad a su ojo izquierdo. Por ejemplo: gracias a él podía saber si al escoger determinado camino en su bicicleta, le iba a explotar un neumático al caer en un hueco; o podía evitar toparse con una persona desagradable si escogía una calle en lugar de otra. En fin… nada del otro mundo, pero cosas que sin duda le facilitaban un poco la vida.

Día tras día, el muchacho iba descubriendo nuevos usos para su ojo, pero el mejor, sin duda, fue el que descubrió a los 20 años… o, al menos, así le pareció a él. Ocurió cuando aprendió, gracias a uno de sus tíos, cómo funcionaba la bolsa de valores y se percató de que podía beneficiarle muchísimo saber cuál sería el precio de determinada acción cinco minutos más tarde. De ese modo, Sebastián logró hacerse multimillonario antes de cumplir los veinticinco años de edad.

El dinero le trajo muchos lujos a Sebastián… y también mujeres. Al principio, esto le encantaba. Cada semana se le veía con una mujer distinta del brazo, cada una más despampanante que la anterior. Sin embargo, paulatinamente, el adinerado joven fue sintiéndose solo aún cuando nunca le faltaba compañía. Se dio cuenta de que ninguna de sus “acompañantes” lo quería a él realmente. Querían era a su dinero. Por esta razón, Sebastián se trazó una nueva meta: lograr que alguna chica lo amase de verdad.

Para ello, trató de buscar la manera de aprovechar la ventaja que le proporcionaba su ojo izquierdo, pero… ¿cómo? Lo que necesitaba era saber sobre qué temas y cosas le podría gustar hablar a la chica con la que estuviese saliendo, no ver cómo iban a estar vestidas. “¡Si tan sólo pudiese escuchar también lo que va a ser dicho en cinco minutos!”, anheló para sí Sebastián… y fue entonces cuando se le ocurrió aprender a leer los labios.

Le costó algo de tiempo y mucha práctica, pero el joven logró su cometido al cabo de unos meses, y tal y como se lo había imaginado, poder leer los labios le resultó de maravilla a la hora de hacerle creer a una mujer que pensaba como ella. De esta forma, Sebastián logró enamorar perdidamente a más de una fémina, por lo que finalmente se sintió querido “de verdad”. Ya podía sentirse feliz, pensaba él. Mas, no obstante, no se sentía así. Algo le faltaba.

Y no era para menos: en su empeño por hacer que casi todas las mujeres lo amaran a él, Sebastián se había olvidado del pequeño detalle de que, para sentirse lleno con una persona, él también debía quererla de verdad. Lamentablemente para el peculiar chico, esto simplemente se da. No hay manera de hacer trampa al respecto y, para colmo de males: ¿cómo puede hacer una persona con una habilidad única y extraordinaria para encontrar a su media naranja? ¿Quién podría pensar siquiera remotamente parecido a él?

En los años sucesivos, el magnate tuvo una vida mucho más tranquila. Ya no salía con mujeres todo el tiempo, y cuando lo hacía, era porque creía que esa chica tendría el potencial de enamorarlo, lo cual no ocurría todo el tiempo, y se dedicó más bien a disfrutar de la vida en general. Sin excesos.

Cuando cumplió 35 años, el hombre que podía ver el futuro tomó por costumbre trotar todas las mañanas por un parque situado a pocos metros de su casa, a la cual se había mudado recientemente. Luego de trotar por una hora, se sentaba en uno de los bancos a disfrutar del paisaje y del efecto que el viento producía en su cara al chocar contra ella. De hecho, esto mismo se encontraba haciendo cuando de pronto, a través de su ojo izquierdo, Sebastián vio que en cinco minutos pasaría frente a él una mujer que, aunque no poseía una belleza descomunal, le iba a quitar el aliento. Nunca antes ninguna dama le había causado tal sensación. Por tal motivo, Sebas se levantó de su asiento y tomó la decisión de hablarle a la chica en cuanto pasase frente a él, estaba dispuesto a conocerla mejor. Jamás se había sentido tan nervioso y, para colmo, justo en ese momento, Sebas dejó de ver a través de su ojo “especial”. Era como si alguien se lo hubiese tapado con un parche.

Por un instante, Sebastián pensó que su fin estaba cerca. Si su ojo que veía el futuro ya no podía ver nada, razonaba él, eso quería decir que ya no tenía ningún futuro. Iba a morir en menos de 5 minutos y 17 segundos. Aún así, se armó de valor y cuando la dama especial que había captado su atención pasó frente a él, Sebas comenzó a hablarle, no sobre lo que pensaba que ella podría querer hablar, sino sobre lo que él mismo quería discutir. ¿Qué fue exactamente lo que él le dijo? No es importante. Lo relevante fue que logró que ella se interesara genuinamente en él. Continuaron hablando amenamente por un largo rato y, al final de la tertulia, intercambiaron teléfonos y concertaron una cita.

Al despedirse de la simpática mujer, Sebastián miró su reloj y notó dos cosas: la primera, que habían transcurrido dos horas y seguía vivo; la segunda.. que por primera vez en sus 35 años se había enamorado. Apenas se percató de esto, algo aún más sorprendente ocurrió: comenzó a ver de nuevo por su ojo izquierdo. Lo peculiar, era que por primera ocasión en su vida, Sebas pudo ver nítidamente aún con ambos ojos abiertos de par en par. Fue entonces cuando él se dio cuenta de que su prodigiosa habilidad le había abandonado.

A pesar de los muchos beneficios que poder ver el futuro le había traído, Sebastián pensó que con gusto sacrificaba esa habilidad a cambio de poder sentirse lleno y feliz, lo cual era como le hacia sentir la sola idea de saber que vería nuevamente a la chica al siguiente día. Así que, repleto de entusiasmo, el ya no tan joven chico dio la media vuelta para emprender el camino a casa. Ya sin poder ver el futuro, desde luego, pero, por vez primera, feliz con su presente.

20091228

Recuerdos Ajenos

El día comenzó como cualquier otro. Julieta se levantó de la cama, utilizó el retrete, lavó sus dientes estando aún semidormida, se metió en la ducha, cerró por un minuto sus ojos para escuchar las gotas de agua caer sobre su cráneo, limpió su cuerpo, cerró la llave… en fin, hizo todo lo que solía hacer cada día al levantarse. La diferencia la notó al salir del baño y entrar en su habitación: todo era distinto. No había despertado en su cuarto.

Asustada, se vistió con lo primero que vio en el armario que estaba en el dormitorio donde se encontraba. Por suerte, la mujer que vivía allí era de su misma talla. Quería salir lo antes posible del lugar en caso de que las personas que la habían raptado volviesen, pero antes de hacerlo, revisó someramente todo a su alrededor en busca de dinero para poder transportarse en la ciudad y también de pistas que le indicasen por qué estaba allí. Sin embargo, solo encontró 20 dólares, fotos y documentos de la dueña de la habitación, a quien no recordaba haber visto nunca. Todo lo que alcanzó a averiguar era que se llamaba Marta Delgado y era dos años menor que ella.

Corriendo todo lo que podía, salió del piso y bajó por las escaleras hacia la calle. Se montó en el primer taxi que vio y, luego de verificar que se encontraba en la misma ciudad donde vivía, le pidió al taxista que la llevara hasta su casa. Ya tendría tiempo para poner la denuncia en la policía más tarde.

Al llegar a su casa, tocó el timbre con insistencia hasta que le abrió una mujer a la que reconoció. “¡Hola Roberta! Estoy bien. ¡Gracias a Dios!”, le dijo al mismo tiempo que le daba un abrazo. “¡Nunca me había alegrado tanto de verte!”, agregó mientras entraba a su casa. “¿Estaban muy preocupados por mí?”, preguntó después, pero Roberta, la muchacha de servicio, no supo qué contestar. Estaba sin habla, lo que Julieta atribuyó al hecho de verla sana y salva. “Bueno, no te preocupes. ¿Diego está aquí?”, le inquirió entonces, a lo que la empleada contestó moviendo la cabeza negativamente. “Por favor, llámalo y dile que estoy bien y en casa. Lo esperaré en mi cuarto”.

Mientras aguardaba por Diego, su marido, observó las diversas fotos de los dos que se encontraban en la habitación. Recordó el día de su boda, el viaje que hicieron juntos a Cancún, la primera cita y muchos otros momentos que para ella eran inolvidables. Se alegró mucho de encontrarse a salvo. No podía esperar el momento en el que llegase su querido esposo. Por eso le sorprendió tanto que, cuando finalmente este entró en la habitación, le apretase los brazos en lugar de abrazarla y le preguntase: “¿Quién eres y qué deseas?”.

“¿Cómo que quién soy? ¿Te volviste loco?”, le respondió a Diego. “Soy Julieta, ¡tu esposa!”.

“¿Es esto una mala broma?”, le replicó.

“¿Qué te sucede? No entiendo. ¿No me reconoces?”.

“Pues la verdad es que no”, le contestó su marido. “Mi esposa está inconsciente en una clínica en este momento. Vine porque Roberta me dijo que algo extraño estaba pasando aquí y, además, para buscar algo de ropa para Julieta. Así que, por favor, no me hagas perder más el tiempo”.

“¡Diego! ¡Soy yo! ¿Qué debo hacer para que me creas? Nos hicimos novios el 5 de Enero del 2002 y nos casamos un 5 de Mayo del 2007, tu color favorito es el azul y odias que yo te llame ‘Didi’”, le dijo ella desesperada.

“Todo eso es cierto y hasta hablas como ella, pero mi esposa sufrió un aneurisma anoche mientras dormía y yo mismo la acompañé en la ambulancia al hospital. Créeme que sé dónde está ella”, le explicó él. “Además”, añadió, “¿te has visto en un espejo?”.

Julieta se dio cuenta en ese momento que no había tenido ocasión de ver su imagen en un espejo, salvo cuando se lavó los dientes medio dormida. No sabía cómo lucía. Con mucho miedo ante lo que iba a ver, abrió la puerta del armario para verse en el espejo que sabía estaba por el lado interno. Es difícil describir lo que sintió ella al verse, puesto que pocas veces en la vida nos enfrentamos a situaciones en las que absolutamente nada tiene sentido. El rostro que vio reflejado era el de la dueña de la habitación donde había despertado: Marta Delgado.

“¡No puede ser!”, exclamó. “No entiendo qué pasó. Tal vez nos realizaron una cirugía o algo, pero te juro que soy Julieta. Si no lo fuera, ¿cómo explicas que sepa todo lo que sé sobre nosotros?”.

Por supuesto que Diego tampoco entendía nada de lo que sucedía, mas estaba muy angustiado por la salud de su esposa como para preocuparse mucho por lo que le pasaba a la intrusa que tenía en frente. Después lidiaría con eso, mas no en ese momento. Así que le dijo a la que se hacía pasar por Julieta que esperara allí mismo si quería, pero que él se iría a la clínica para estar con su esposa.

Al llegar a la clínica, le recibieron con la noticia de que Julieta había recobrado el conocimiento y se encontraba despierta. Emocionado, entró a la habitación dispuesto a besarla y abrazarla, por lo que le desanimó mucho que ella se mostrase apática con él. “¿Qué tienes? ¿Algo te molesta?”, le preguntó a ella.

“No es eso. Es que no sé quién eres”, le contestó la mujer en la cama, sin mucha fuerza.

“Soy tu esposo”, le dijo.

“¿Esposo? Pero si yo no estoy casada”, le replicó.

“¿Perdiste la memoria? ¿No recuerdas quién eres?”, le cuestionó Diego.

“No la perdí. Yo sé quién soy”.

“¿Quién eres entonces?”, le preguntó él, intrigado.

“Mi nombre es Marta Delgado”.


Y así fue como estas dos mujeres, que jamás se habían visto, tuvieron que aprender a vivir en un cuerpo ajeno. Nadie pudo explicar nunca cómo ni por qué, Marta y Julieta habían intercambiado sus recuerdos.

20090608

Entre las Líneas de Nazca

Juntó un par de veces sus talones con la esperanza de que algo mágico ocurriese, pero nada pasó. Miró a su alrededor, y vio que seguía sentada en el mismo tranvía que cada día tenía que tomar para llegar a casa. Se observó a sí misma en el espejo de su estuche de maquillaje y no encontró ningún vestigio de felicidad en la imagen que veía. Hacía rato que su vida había perdido toda clase de emoción. ¿Cuándo exactamente había sucedido esto? No lo sabía. Lo que sí sabía, era que algo tenía que ver con la persona que llevaba ya nueve llamadas perdidas a su móvil: su novio.

¡Qué lejanos le parecían aquellos primeros días de noviazgo! Cuando sentía mariposas en el estómago cada día que sabía lo iba a ver, y se moría de ansiedad cada vez que él se demoraba más de cinco minutos en responderle un mensaje. ¡Todo era tan bonito! Lo extraño, le parecía a ella, era que tan solo habían transcurrido dos meses y medio. “¿Cómo se puede desgastar tan pronto una relación?”, se preguntaba. Se le había oxidado la ilusión sin que se diera cuenta de ello.

- . -

Varios días transcurrieron desde el momento en el que Ana tomó lo decisión de romper con su novio, y el instante en el que realmente se atrevió a hacerlo. Sin embargo, él ya se lo esperaba. Tenía que ser tonto, ciego y sordo para no percatarse de que las cosas no andaban bien. La diferencia estaba en que Carlos veía las cosas desde una óptica optimista en la que todo podía mejorar, y Ana, lo hacía desde una un poco más fatalista. Para ella, ya nada tenía remedio.

“¿Ya no me quieres?”, le preguntó, serenamente, él a Ana.

“No lo sé. Creo que ya no. De hecho, creo que ahora te resiento”, le respondió ella.

“¿Me resientes por qué? ¿Qué te hice que fuese tan grave?”, le inquirió Carlos.

“No se trata de algo en particular que me hayas hecho, sino de muchos pequeños detalles: cosas que sueles hacer o tu manera de actuar en ciertos momentos, que chocan conmigo y me molestan, y que se fueron acumulando hasta volverse prácticamente insoportables”, le explicó la chica resentida.

“Pero si no te molesta quien soy, sino ciertas costumbres que tengo, por decirlo así… ¿no crees que si me decías cuáles eran las que no te gustaban, yo podía dejar de hacerlas?”, le refutó su nuevo ex.

“Yo lo hacía, no directamente, pero sí sutilmente con mis reacciones y con indirectas. Por ejemplo, una de las cosas que me irritaban era que siempre te ofrecías para acompañarme a todas partes: ¿no te hablaba yo todo el tiempo de que me gustaba que me dieran mi espacio?”, dijo Ana.

“Sí, pero yo nunca imaginé que a ofrecerme para ir contigo a algún lugar, lo vieses como una violación a tu espacio. No lo hacía por celos, sino para compartir más tiempo contigo. Además, tú nunca reaccionaste de mala manera o me diste un NO tajante, sino que siempre me diste excusas”, agregó Carlos.

La excusa que recibió de ella esta vez fue: “No quería hacerte sentir mal”.

“¡No creo que me hubiese sentido peor que ahora!”, pensó en contestarle Carlos… pero se contuvo y no lo hizo. No quería mostrarse vulnerable. Le dolía bastante que las cosas no hubiesen funcionado con Ana, a quien había querido mucho, mas no lamentaba que rompieran. Todo lo contrario: se sentía aliviado, ya que las últimas semanas junto a ella le habían producido muchas angustias. ¿Acaso no es terrible vivir deshojando a una margarita? Por eso se hizo la siguiente nota mental: pasaría la página y no buscaría una reconciliación con ella. Prefería concentrar sus esfuerzos en encontrar a alguien que no tuviese tantos problemas para expresar sus opiniones y emociones.

- . -

¿Fueron los incas o los mayas? Ana no estaba segura de quiénes los habían hecho, pero sabía que había leído alguna vez sobre una cultura prehispánica que realizaba trazados en la tierra que, vistos de cerca, no eran más que surcos en el suelo; mas, si se veían desde una gran altura, conformaban formas y figuras geométricas sorprendentes. Ella no necesitaba saber que en realidad es a la cultura Nazca a quienes se les atribuyen estos geoglifos, y mucho menos requería conocer los detalles que durante tantos años han dejado perpleja a la humanidad sobre el origen y propósito de estas “líneas”, Ana simplemente se sentía identificada con eso de tener que ver ciertas cosas desde una cierta distancia para poder apreciarlas debidamente. ¡Cuán relacionada con esto se sentía! Era como si las Líneas de Nazca estuviesen allí especialmente para ella: para recordarle que siempre hace falta un poco de perspectiva.

Ahora que había pasado cierto tiempo desde la ruptura con Carlos, ella sentía que los problemas que tanto la habían agobiado durante la relación, en este momento le parecían nimiedades. ¡Se le antojaban tan tontos y triviales! Era mucho mayor el peso de los aspectos positivos que su ex-novio tenía y que extrañaba. ¡Cuánta falta le hacía que la llamase todas las noches para saber cómo le había ido, escuchar sus consejos cuando los necesitase…. y su olor! Añoraba muchísimo poder recostarse de su pecho y percibir su aroma. ¿Por qué era que había decidido terminar con él? Ana a duras penas recordaba sus motivos.

Sin embargo, le dolía muchísimo que Carlos no la hubiese buscado más. Ella juraba que, al romper, él iba a bajarle la luna y las estrellas para que se reconciliasen, le admitiría que había actuado erróneamente, y le rogaría para que por favor le perdonase. De hecho, Ana nunca había descartado la posibilidad de que, a los días, volviesen a ser novios. ¿Por qué él no la llamaba? Lo que más le molestaba era lo seco que le respondía los mensajes de texto cuando ella le escribía con cualquier excusa. ¿Será que tan rápido ya tiene a otra? ¿Por qué ella, que había sido quien decidió ponerle fin a la relación, se sentía tan triste y lo extrañaba tanto, mientras él -al parecer- ya la había superado? No entendía cómo el que fue su pareja lo había logrado.

A pesar de que se moría de ganas por volver con él, ella jamás se lo pensaba decir. Era muy orgullosa para eso… y, de acuerdo con su criterio, él no se lo había ganado. ¿Cómo iba a ser ella quien diese su brazo a torcer? Nunca admitiría que obró mal ni que se precipitó con la decisión que tomó. Él era el hombre. Era Carlos quién tenía que ceder.

- . -

Carlos había adorado a Ana, pero ella le decepcionó bastante. No por el hecho de haber roto con él, sino por la manera como le había tratado hacia el final de la relación. Creía que ella había sido una inmadura. Por esta razón, no se le había hecho nada difícil seguir adelante y prepararse para vivir su vida sin la mujer que tanto había querido semanas antes.

De vez en cuando, Ana lo llamaba o le escribía bajo cualquier pretexto. Sin embargo, jamás le decía que lo extrañaba ni nada parecido; por el contrario, le hacía ver lo bien que se encontraba sin él. ¿Qué es lo que quería realmente? Carlos no la entendía.

Tal vez –pensaba el chico- si ella lo buscaba y le decía que lo quería y que estaba arrepentida de
todo lo que le había dicho, él consideraría volver con ella; pero si era él quien tenía que estar detrás de ella y suplicarle perdón para que hubiese una reconciliación, entonces jamás volverían a estar juntos. Carlos había hecho todo lo que estaba en sus manos para hacer que la relación funcionase, mas Ana no lo supo apreciar. La susodicha había perdido su oportunidad, y ahora a él le resultaba cada día más fácil no pensar en ella.

La felicidad es como una luciérnaga que revolotea a nuestro alrededor, pero nosotros, cegados por el velo del orgullo, muchas veces somos incapaces de verla aunque la tengamos de frente.

- . -

Una vez más, Ana se encuentra en el tranvía que todos los días debe tomar para llegar a casa. Se mira a si misma en el espejo de su estuche de maquillaje, y se ve aún más desanimada que antes. De nuevo, junta los talones de sus zapatillas de bailarina, esperando que un mago fantástico la transporte fuera del foso donde se encuentra, pero nada sucede. A diferencia de lo que ocurría en su película favorita, no había sido una bruja malvada quien la había puesto en la posición en la que se encontraba, sino que fueron… sus propias decisiones.


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Nunca fue mi intención pasar tanto tiempo sin actualizar el blog. Cuando tenía tiempo para escribir, no tenía ganas. Cuando tenía ganas, no se me ocurría sobre qué hacerlo. Y si se me ocurría algo, generalmente no era para este lugar, sino para otros proyectos. Así que entre una cosa y otra, no es sino ahora que vengo agregando una entrada nueva acá, la cual está inspirada -mas NO basada- en una fugaz historia de amor y dolor que vivió un amigo cercano.

Espero no volver a pasar tanto tiempo ausente.

20081123

Ofelia y Ezequiel

Tomó su mano y apretó sus dedos.

No quería verla llorar.

“¡Sigo aquí!”, quiso decirle, pero sabía que ella no podía escucharlo. También sabía que ella no podía sentir lo que sus manos querían hacer.

Él miraba llorar a su amada, y ella veía la imagen distorsionada de lo que había más allá de la ventana. Todo era confuso a través de sus lágrimas, las cuales segundo a segundo resbalaban por sus delicadas mejillas y se dispersaban en la cama. Él deseaba poder atraparlas y conservarlas como pequeños tesoros que le enriquecieran el alma. Lo único que podía hacer, no obstante, era observarla llorar.

“¡Te amo, Mi Cielo!”, le gritó con todas sus fuerzas… en silencio. Justo en ese momento, ella le miró a los ojos. Se sorprendió al notar lo vivos que estaban, y sintió que él le hablaba a través de ellos. Por primera vez en su vida, ella tuvo una conversación sin decir palabra.

“¡Te quiero tanto como lo hice el primer día! ¿Lo recuerdas?”, le dijo el hombre a quien ella tanto adoraba, y, acto seguido, la transportó a aquella lejana tarde de mayo en la que su corazón renació y su soledad moría.

Él contemplaba absorto a los peces en el lago. Apoyado sobre la baranda del puente, se maravillaba ante la diversidad de colores de los pececitos y la agilidad con la que estos se movían. No esperaba escuchar de pronto el característico sonido que produce el obturador de una cámara. Mucho menos, contaba con que a su lado iba a encontrar a la chica más hermosa que en su vida había visto tomando fotografías.

“¿Sabes? ¡No me gustan los paparazzis!”, le comentó con actitud arrogante.

“¡Disculpa?”, exclamó la joven, haciéndose la que no había entendido.

“¡Oh, perdona! Es que pensé que eras una de ellos”, le aclaró el presumido chico. “Estoy tan cansado de que me persigan los paparazzis que ya estoy paranoico”.

“¡Sí, sí, entiendo cómo te debes sentir!”, le dijo la fotógrafa, siguiéndole la corriente. Luego agregó: “Si quieres (para que no pierdas la costumbre), te puedo tomar una foto para un reportaje sobre animales que estoy haciendo”.

Él se sonrió. Sabía que la forma como ella le había devuelto el juego le había conquistado. ¿Qué más podía pedir que una mujer segura, con sentido del humor y rapidez mental? Como no tenía una manera elegante de responderle a la forma tan sutil con la que ella le había llamado “animal”, prefirió, por lo tanto, continuar la charla por otra vía: “¿Eres entonces una periodista?”.

“Realmente, no”, le explicó ella. “Ni siquiera soy fotógrafa. Tan solo soy una aficionada”.

“Pues fíjate que yo sí soy un reportero gráfico”, le replicó el Don Juan del parque. “Laboro para un diario sensacionalista y mi trabajo consiste en capturar imágenes de OVNIs”.

“¡Ah, sí? Me imagino que por eso estás aquí ahora: esperando por si aparece alguno”, le comentó la chica.

“Así es, pero no creo que vaya a tener suerte hoy. Ellos nada más aparecen cuando llueve y hoy el día está muy soleado”, le respondió el ‘reportero gráfico’.

“¡Qué lástima entonces!”, exclamó la muchacha.

“¿Sabes una cosa?”, preguntó ahora él. “Antes me encantaba mi trabajo, pero hoy descubrí que hay uno muchísimo mejor”.

“¿Sí? ¿Cuál?”, le inquirió ella.

“¡Pasar todo el día fotografiándote a ti!”, afirmó el chico.

Ella no se esperaba un comentario tan sincero y, al mismo tiempo, osado de su parte. El chico, en un primer momento, le había parecido muy arrogante para su gusto, mas ya no estaba tan segura de eso. Ruborizada, apenas le pudo contestar: “No creo que sea un buen trabajo: ¡no deben pagar mucho por imágenes mías!”.

“¿Y quién dijo que yo querría venderlas?”, velozmente le refutó él. Fue en ese instante cuando ella supo que estaba perdida. ¡Que la habían conquistado y que ya nada iba a poder hacer al respecto! Sintió que podía besarlo en ese preciso momento. ¡Nunca había estado más contenta de estar viva!

Aún se encontraba la joven meditando sobre lo que sentía, cuando su interlocutor la interrumpió diciéndole: “Por cierto… ¡un placer, me llamo Ezequiel!”.

“¡Mucho gusto, me llamo Ofelia!”, le respondió nerviosamente ella.

Fueron entonces a tomarse un café… y luego otro, y uno más después de ese. Hablaron durante horas de todos los temas imaginables y algunos más. Vivieron una velada sin igual, y por primera vez en sus vidas, se sintieron… completos. No sin antes intercambiar sus teléfonos, se levantaron de la mesa para volver a sus respectivos hogares.

Caminaron juntos hasta la salida del parque. Uno al lado del otro. Al mismo paso… al mismo ritmo.

Ezequiel tomó su mano y apretó sus dedos.
Acarició su rostro y besó sus sueños.
Vio a la felicidad en sus ojos y se vio a sí mismo en su mirada.
Mordió sus labios y atrapó sus anhelos.
Susurró su nombre y gritó sus deseos.
Recorrió su cuello y se recreó en sus cabellos.
Jugó con su sonrisa y le otorgó un suspiro.
Abrazó su aroma y le obsequió una ilusión.
Vivió un instante y lo conservó… toda su vida.

“¡Nunca me olvides!”, le dijo a Ofelia a través de su mirada mientras volvían al presente. “Pero tampoco te quedes atrapada en este momento. ¡Sigue adelante y vive tu vida!”.

Ofelia asintió con su cabeza y decidió besar a su esposo. Veinte años antes, había sido un beso lo que había iniciado la historia de ambos. Ahora, ella sabía que sería ese beso el que le pondría un punto y final. Oprimió delicadamente sus labios contra los de Ezequiel. Lo hizo suave y pausadamente. Él no podía sentir lo que ella le hacía, pero se valía de sus recuerdos para vivir a plenitud ese momento. Lo disfrutaba segundo a segundo, porque sabía que cuando ella retirase sus labios y los alejase de él, se llevaría consigo también a su último aliento de vida.

A la par que una lágrima suya le recorría el rostro, Ofelia tomó las manos de su esposo… y apretó sus dedos.

20081103

Terror en Puerto Claro

De acuerdo con su ex-novia, Aurelio siempre fue un suicida en potencia. "¡Cuando jugábamos en la piscina, le gustaba sumergirse en el agua hasta casi ahogarse!", solía contarle a los periodistas sensacionalistas que le inquirían sobre su antiguo pretendiente. "Además, siempre hablaba sobre la muerte y de cuánto le gustaría saber qué había en el más allá", añadía. Por todo lo anterior, resulta de lo más irónico que la única persona que no se quitó la vida de entre el grupo de 6 estudiantes que decidieron acampar durante un fin de semana en el bosque, fuese el propio Aurelio. Cuando lo hallaron, un día después de la fecha en la que tenían planeado volver a casa, lo consiguieron en una fosa de unos 3 metros de profundidad y uno de diámetro, sumamente débil, con cara, brazos, y piernas totalmente arañados, y con un destornillador en sus manos. En el mismo lugar, encontraron otras 5 fosas cuyos ocupantes no corrieron con la misma suerte que Aurelio. Todos estaban arañados, pero ninguno estaba con vida. Por esta razón, la asunción general del pueblo de Puerto Claro -y de sus oficiales-, era que el chico que aún estaba vivo había asesinado a sus compañeros. Esa era la única conclusión lógica posible. Cuatro días estuvo el supuesto homicida inconsciente en el hospital, tiempo durante el cual salieron a relucir muchas incongruencias sobre el caso. Por ejemplo, en ninguna de las fosas encontraron una sola huella dactilar que no perteneciera a la víctima que allí había sido encontrada. Los mismos cadaveres no mostraban rastro alguno que evidenciara la presencia de alguien más en la fosa correspondiente. Tampoco en las armas que habían sido usadas para cometer los crimenes. El hecho de que cada uno de ellos había sido asesinado de una manera distinta, era una de las cosas que más había alarmado a la gente. De los seis estudiantes, dos eran mujeres: una murió asfixiada con una bolsa en la cabeza, y la otra murió debido a que una tijera le atravesó el corazón. De los tres hombres que murieron, uno fue por recibir un martillazo en el cráneo, a otro le volaron los sesos con una escopeta, y el tercero fue incinerado por dentro (ingirió aproximadamente un litro de gasolina y luego, de alguna forma, le prendieron fuego). Los investigadores esperaban que al salir Aurelio de su letargo, este pudiese aclararles, con su testimonio, qué era lo que exactamente había sucedido en el campamento. Lamentablemente, se llevaron la decepción de que cuando por fin el sospechoso logró despertar, este no pudiese articular una sola palabra. Balbuceaba incoherencias. Decía cosas que nadie comprendía. Era como si hablase otro idioma, pero la familia de él aseguraba que jamás había aprendido a hablar otra cosa que no fuera español, y ninguno de los políglotas del pueblo lograba entender tampoco nada de lo que el susodicho decía. Por suerte para los oficiales, unos curiosos que se acercaron hasta el lugar de los hechos hicieron un gran hallazgo. Encontraron, detrás de unos matorrales, una cámara de video que había pertenecido a una de las víctimas. Al comienzo de la filmación, aparecen los estudiantes muy contentos bebiendo y jugando junto a una fogata que hicieron el mismo día en el que llegaron. De pronto, escucharon un grito espeluznante, ensordecedor, que hizo que todos se quedasen en silencio. "No se asusten, debe ser un gato montés que anda por ahí", dijo uno de los hombres del grupo, que luego agregó a la vez que sostenía entre sus manos a una escopeta: "¡Nosotros vinimos preparados para eso!". "¡Bien por ti!", dijo una de las muchachas, "Pero lo que soy yo, me voy a meter en la carpa". La escena se corta justo en ese momento y luego aparecen los seis estudiantes, visiblemente asustados, metidos en una sola carpa, tratando de vislumbrar qué sucedía alrededor. De repente, se oye otro grito aterrador similar al que se había escuchado antes, acompañado esta vez de los gritos de miedo de las chicas presentes. Comienzan a llorar. Los muchachos tratan de consolarlas pero ellos a duras penas logran contener sus propias lágrimas. Otro grito terrorífico. La situación no puede ser más escalofriante. Desafortunadamente, el video se corta, aparece ruido blanco y deja de escucharse lo que dicen los jóvenes. Los investigadores se disponen a retirar la cinta del reproductor, cuando aparece de nuevo la imagen. Continua el video. Esta vez, la cámara filma todo aparentemente desde el suelo de una de las fosas. Por lo que se puede apreciar, está amaneciendo. Uno de los chicos le habla a la cámara. Está aterrorizado. Dice que no sabe cómo llegó hasta ese hoyo, que lo último que recuerda es que estaban todos dentro de una carpa, muertos de miedo aguardando a que amaneciera, y que aparentemente se quedaron dormidos. En la grabación no se pueden escuchar, pero el muchacho asevera que desde allí puede oír los gritos de los demás, por lo que sabe que ellos están cerca y cada uno metido en una fosa como la suya. Pide a la persona que consiga ese video, que en el caso de encontrarse él sin vida, por favor le diga a sus padres que los quiso mucho. Llora un poco y luego, de improvisto, comienza a gritar cosas inentendibles y a darse golpes contra las paredes. Él mismo se araña el cuerpo con sus manos sin ninguna razón aparente. Después de unos minutos comportándose así, cogió un martillo del suelo y con todas sus fuerzas se golpeó su propio cráneo, cayendo inconsciente. La filmación persiste unos minutos más sin que nada ulterior ocurra y, finalmente, termina. ¿De dónde provenían los gritos estremecedores que escuchaban los jóvenes? ¿Cómo llegaron ellos hasta las fosas? En el caso del chico cuya muerte aparece captada en la grabación, ¿cargaba consigo el martillo o lo dejó allí la misma persona que los metió allí? ¿Por qué se hizo daño a sí mismo? ¿Por qué la cámara no se encontraba en la fosa cuando hallaron los cuerpos? Estas eran las principales dudas que tenían los investigadores al terminar de ver el video. Decidieron que, a como de lugar, tenían que obtener un testimonio del único sobreviviente de tan atroz tragedia. Eso intentaron, pero cuando entraron a la habitación de Aurelio en el hospital, lo consiguieron colgado del techo. Ya no era más un suicida en potencia, ahora era sólo otro cadaver. En la pared frente a su cama, el occiso había escrito con su propia sangre las siguientes palabras: "¿Eloí, Eloí, lemá sabactaní?". Nadie sabía lo que significaban, pero reconocían haberlas escuchado de la boca del propio Aurelio en los días anteriores. Mucho esfuerzo se hizo para hallar a alguien que entendiese lo que Aurelio había dejado escrito. No fue fácil, muchos expertos en lingüística viajaron hasta Puerto Claro atendiendo a los anuncios que habían sido publicados en los distintos periódicos nacionales pidiendo ayuda. Finalmente, algún tiempo después, un anciano profesor de una universidad europea develó el misterio: las palabras estaban en Arameo antiguo, y significaban: ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?. El caso nunca fue resuelto. ++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++++ Cómo ya es costumbre, aquí está mi tardío cuento de Halloween. Espero que les haya gustado... y también que se hayan asustado aunque sea un poco ;)

20080505

Las Aventuras de Jack Strauss

Últimamente, se me había hecho muy difícil pensar en algo para escribir. Especialmente, en algo para un cuento. Después de un buen tiempo, me vino a la mente fue una secuela más o menos independiente para este cuento. Espero que les guste.

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I Parte: Polvo de Hadas

Es bien sabido por todos que la única forma de poder volar es utilizando polvo de hadas y un pensamiento feliz. Así se lo hizo saber el viejo McTerry al pequeño Jack Strauss, recibiendo de parte de este la pregunta que cualquiera habría hecho al escuchar algo semejante: “¿Cómo Peter Pan?”. En aquel momento, los dos se encontraban atrapados en el fondo de un pozo que alguna vez fue de agua. Durante largo rato, trataron infructuosamente de escalar por las paredes, hasta que se dieron por vencidos y llegaron a la conclusión de que si nadie venía a rescatarlos, sólo iban a poder salir de allí volando.

“¡Así es!”, le confirmó el anciano. “Sucede que en la vida real, también es posible volar de ese modo. El único problema es que el polvo de hadas es prácticamente imposible de conseguir. No pierdas tu tiempo buscándolo: en todos mis años de vida, jamás he visto un hada ni nada relacionado con ellas”. Jack con una sonrisa en los labios le replicó: “Pues da la casualidad de que yo traigo un poco de polvo de hadas en mis bolsillos”. El incrédulo McTerry, aún con la boca abierta al constatar que el niño decía la verdad, le pidió “por las barbas de su abuelo”, que le contara cómo había hecho para obtener algo tan raro y preciado.

“Es una larga historia…”, comenzó explicando Jack mientras trataba de ponerse lo más cómodo posible. “La versión corta es que desde hace unos días para acá, comencé a tener sueños extraños. Algunos eran sobre piratas, otros sobre guerreros medievales, magos, o hasta samuráis, pero todos tenían en común la búsqueda de algún tesoro escondido y su respectivo mapa. Una mañana, al despertar de uno de estos sueños, encontré mi habitación repleta de pequeñas criaturas fantásticas con alas que brillaban en la oscuridad. Se identificaron a sí mismas como hadas y me dijeron eran las responsables de esos sueños tan curiosos. Me explicaron que eran sus maneras de prepararme para el verdadero reto al que me iba a enfrentar más adelante y me dieron el polvo de hadas porque según ellas lo iba a necesitar muy pronto, mas no me enseñaron para qué servía ni cómo se usaba. También me dijeron que dibujara un mapa como el que veía en mis sueños, ya que también me sería de utilidad en el futuro cercano. Me desearon mucho éxito y luego desaparecieron en fracciones de segundo. Inicialmente, pensé que eso también lo había soñado, pero me quedó el recipiente con el polvo mágico como prueba de que había sido real, así que seguí sus indicaciones y dibujé un mapa como el que me habían dicho.”

“¡Interesante!”, exclamó McTerry. “Ya me imagino el resto de la historia: alguien te vio con ese mapa y te trajo frente al codicioso Zivoulas, quien pensó que se trataba del mapa que según las leyendas lleva hasta el tesoro secreto de los templos sagrados –tu imitación se asemeja mucho a las descripciones que del verdadero mapa hacen los documentos antiguos-. Ese malvado Zivoulas me tenía secuestrado obligándome a leer esos documentos para que le pudiera hacer una copia del famoso mapa. Cuando tú llegaste, yo me volví inútil para él y me hubiese matado de no ser porque tú me ayudaste ocultándome en este hueco”.

El jóven aventurero asintió a lo dicho por el anciano y añadió que era mejor que se fueran pronto de allí ya que no pasaría mucho tiempo antes de que los buscasen en el pozo. De este modo, roció un poco de polvo de hadas sobre sí y sobre McTerry, y procedió a pensar en su hogar, cosa que siempre lo ponía de buen humor. Al instante, Jack comenzó a flotar por los aires y poco después se le unió el viejo también. Este había tenido algo de problemas recordando un pensamiento agradable, pero luego se le ocurrió imaginarse una buena cena, y esto enseguida le puso feliz. Sin embargo, no le agradaba mucho la idea de volar, por lo que una vez alcanzada la superficie, empezó a insistirle a Jack para que aterrizaran.

El problema con hacer que un niño vuele al pensar en algo feliz está en que es muy difícil lograr que un niño que se encuentre surcando el cielo, piense en algo que no sea dichoso. Así que Jack continuó volando y volando durante largo rato, disfrutando de cada minuto por los aires e ignorando las súplicas del viejo que le acompañaba. Tanto voló que llegó hasta las nubes, y cuando volvió en sí, se encontró rodeado nuevamente de hadas. De este modo fue que el pequeño aventurero llegó a Onyria.

Onyria, desde luego, es la tierra de las hadas. Sólo pueden entrar a ella quienes estas criaturas mágicas deciden dejar pasar y el portal para llegar allá, cuando optan por abrirlo, únicamente puede ubicarse sobre las nubes. Es un lugar fantástico, donde los árboles cambian su tonalidad a cualquier color del arcoiris cada vez que los miras, y los ríos cobran el sabor de tu fruta favorita. También era el hogar de toda clase de seres maravillosos, desde unicornios voladores, hasta personajes de caricaturas, quienes reían y jugaban entre las cromáticas praderas. “Esta es la Tierra de los Sueños”, le explicó una de las hadas al intrépido Jack Strauss mientras este veía embelesado todo lo que sus ojos no podían creer. “Aquí fabricamos los sueños que serán inyectados dentro de la imaginación de cada ser humano sobre la faz de La Tierra. Todas y cada una de las cosas que alguna vez soñaste, cobró vida primero aquí. Incluso tus pesadillas, sólo que esas están hechas de un material poco resistente que se desvanece apenas te despiertas. De ese modo, mantenemos la armonía en nuestro hogar”.

“No llegaste aquí por casualidad”, dijo de pronto la que parecía ser la más sabia de las hadas. “Todo estuvo planificado por nosotras para traerlos hasta acá: te hicimos reproducir el mapa de un tesoro legendario, para que así captases la atención del despiadado hombre que tenía cautivo al Sr. McTerry. Te dimos un poco de nuestro polvo, para que una vez en compañía de él, pudiesen volar hasta acá juntos. Era imperativo que viniesen los dos, ya que necesitamos de las habilidades de cada uno de ustedes para ayudarnos a combatir el mal que se nos avecina. Tú, con tu agilidad y chispa, y el Sr. McTerry, con su profundo conocimiento de toda clase de artefactos e historias antiguas”, añadió.

“¡Muy bien!”, exclamó el héroe en ciernes. “Por mi parte voy a ayudarles, pero… ¿podrían decirme cuál es ese mal que se nos avecina?”.


II Parte: Onyria

El vehículo en el que viajaban no era exactamente un avión. Más bien, era bastante semejante a un automóvil común y corriente, con la diferencia de que este... volaba. A pesar de que Jack estaba consciente de que se encontraba en la tierra de los sueños y que, por tanto, vería muchas cosas fantásticas e increíbles, no dejaba de sorprenderle verse rodeado de pronto de tantos elementos fabulosos.

Lo que más le había asombrado, sin duda alguna, había sido reencontrarse con Paul y Sally, sus dos compañeros en aquella aventura en la que buscaron un tesoro que no quería ser encontrado... claro está, en sueños. "¡Paul! ¡Sally! ¿Qué hacen ustedes aquí?", fue la reacción que tuvo el pequeño Jack cuando entró en el vehículo y los vio a ellos adentro. Cuando la Reina de las Hadas le avisó que pronto le pasarían buscando dos amigos suyos, jamás imaginó que serían precisamente ellos. "¡Tú nos soñaste y ahora vivimos aquí!", le respondieron entre risas los hombres sirenas. Al pequeño aventurero había comenzado a gustarle Onyria.

El auto volador iba en camino hacia la zona donde por última vez habían visto a Lord Barkley, la persona que tanto aterrorizaba a las hadas. Según le habían contado estos seres a Jack, este caballero había perdido la razón tratando de acumular todo el poder posible del mundo. Mientras lo intentaba, escuchó la leyenda de Onyria y de como las hadas se encargaban de producir los sueños. Entonces se le ocurrió la malvada idea de que si lograba hacer que todas las personas en el mundo soñasen con lo que él quisiera una y otra vez, podría lavarles el cerebro y tenerlos a su merced. Por esta razón, había venido a este lugar fantástico: quería controlar a la fábrica de sueños.

Sin embargo, había algo que a Jack no le había quedado claro. "¿Cómo es que si a Onyria sólo entran las personas que las hadas permiten pasar, han dejado entrar a este tal Lord Barkley?", le inquirió el valiente niño a sus compañeros de viaje. "Allí está el detalle, Jack. Las hadas nunca lo dejaron pasar. Él ha sido la única persona en la historia que ha logrado entrar acá por sí misma... Bueno, en realidad, él no está aquí en carne y hueso, sino su reflexión onírica", le explicó Paul. "Lo que sucedió fue que Lord Barkley se propuso soñar con que entraba a Onyria y la conquistaba, pero como sus fines eran bélicos y oscuros, lo que tenía eran pesadillas y estas se desvanecían rápidamente. Varias veces lo intentó, mas siempre obtuvo el mismo resultado hasta que, siendo él una persona muy lista, se dio cuenta de lo que ocurría y entonces se enfocó en engañarse a sí mismo, haciendo creer que sólo quería soñar con Onyria, pero no conqusitarla. De esta forma, logró tener un sueño verdadero y así su reflexión onírica no se desvaneció. Una vez que pudo asegurarse de que estaba seguro ya aquí, reveló sus intenciones reales y comenzó a destruir todo lo que estaba a su paso y lo demás... puedes imaginártelo".

"Creo que entiendo", comentó el joven Strauss. "Mas ahora tengo otra duda: ¿Por qué si él es sólo un ser humano sin poderes especiales, las hadas no lo han expulsado de aquí ellas mismas?". "No pueden hacerlo", le aclaró Sally. "En su sueño, logró traerse una serie de artefactos antiguos, que no sólo le protegen de las hadas sino que además le dan una fuerza sobrenatural y poderes como la telequinesia. Por eso es necesario el Señor McTerry, ya que él seguramente ha estudiado alguna vez estos dispositivos y debe conocer alguna forma de contrarrestarlos".

El artefacto que protegía a Lord Barkley tanto de las hadas como de prácticamente todo lo que había en Onyria, era una lámpara que emitía una especie de luz violeta que lo envolvía. "¡La Destructora de Ilusiones!", exclamó el viejo McTerry cuando la vio. Se encontraban todos escondidos detrás de unos matorrales, no muy lejos del sitio donde habían aterrizado, vigilando al hombre que quería controlar al mundo. "Según la leyenda, un Rey Fenicio despertó a mitad de la noche y se encontró rodeado de hadas. Atemorizado porque pensaba que eran malévolas, le pidió a sus hechiceros que hicieran algo que alejara a esos seres de su habitación, siendo el resultado esa especie de lámpara. Sin embargo, desde que comenzó a dormir con ese objeto en su habitación, el Rey nunca más tuvo otro sueño y por eso le llamaron de esa forma a la lámpara".

"Hemos intentado destruir o arrebatarle ese instrumento de todas las formas posibles, pero todo lo que entrá en contacto con esa luz, sea un ser vivo o un objeto inanimado, se desvanece instantáneamente", aclaró Paul. "Por eso están ustedes aquí, ya que pensamos que al venir del mismo mundo de donde viene la lámpara, quizás ustedes sean inmunes a su efecto", dijo Sally. "De eso no tengo la menor duda", aseguró McTerry, "ya que esa lámpara fue creada para destruir a las hadas y a todo lo que provenga de ellas, como por ejemplo: los sueños, es decir, todo lo que hay aquí en Onyria excepto por Jack y yo".

Al decir esto, el experto en artefactos buscó con la mirada a Jack Strauss, pero él valiente niño ya no estaba allí: se encontraba caminando hacia Lord Barkley. "¡Hey Idiota! ¿Por qué no vienes a destruirme a mí?", le gritó al codicioso caballero y, en cuanto éste se volteó hacia él, le disparó con su honda una canica en dirección a la fuente de la luz violeta. El proyectil dio en el blanco y quebró unos cuantos cristales de la lámpara, haciendo que esta comenzase a funcionar de manera intermitente. El pequeño Jack comenzó a correr hacia Lord Barkley, con la firme intención de arrebatarle su preciado artefacto, pero su contrincante comenzó a arrojarle, con la mente, toda clase de objetos para obstaculizarle el paso.

Cuando Jack estuvo a pocos pasos del hombre que aterrorizaba Onyria, se paralizó al poder ver con claridad su rostro. Lo había visto en sus sueños: era el Capitán Cejanegra. No obstante, Lord Barkley no tenía la menor idea de quién era Jack Strauss, puesto que esa era la primera vez que lo veía en su vida. Quien había participado en los sueños del niño había sido otra reflexión onírica que las hadas habían hecho de él. Sin sentirse inmutado en lo más mínimo, el malvado Lord se acercó al jovencito y se percató de que era un ser humano al ver que no era afectado por la luz violeta que a ratos emanaba de la Destructora de Ilusiones.

"¡No sé quién eres," le dijo Lord Barkley a Jack cuando se acercó a este y lo levantó hasta tenerlo a la altura de su rostro, "pero no te quiero en mi camino!", y acto seguido lo arrojó contra una pared cercana. Luego, dándole la espalda para dirigirse hacia donde estaba cuando fue interrumpido, levantó por telequinésis una gran roca que había en el suelo y la arrojó hacia el indefenso niño. Afortunadamente, Paul intervino justo a tiempo y empujó a Jack contra el suelo milésimas de segundo antes de que la piedra impactase contra la pared.

"Puede que la luz de la lámpara no te haga daño, pero los objetos que te lanza con la mente sí te lo pueden hacer", le dijo una vez que ambos se encontraban sanos y salvos. "Si lo queremos vencer, tenemos que hacer un plan", añadió Sally.

Jack no dijo nada, mas estaba tranquilo. En el fondo de su mente, ya el intrépido niño tenía un plan.

20070917

Historia de un Amor Singular

I Parte

Por alguna razón que desconozco, mi madre pensaba que era de buena suerte llamarse Pepe; y, por ello, decidió llamarnos de esa forma a mis dos hermanos y a mí. Nunca fue muy agradable tener que aclarar, cuando alguien preguntaba por mi nombre, que Pepe era como realmente me llamaba y no simplemente un apodo –y ni decir cuando preguntaban por el nombre de los tres-, pero al menos eso me hacía un poco diferente. Si algo tiene de interesante mi vida, es que siempre ha estado marcada por singularidades.

Cuando tenía cinco años, mi padre me obsequió mi primera mascota: un perro que no era un San Bernardo, pero que me hicieron creer que lo era. “Es un San Bernardo que sufrió una enfermedad cuando nació y por eso parece distinto a los otros”, me dijo mi papá al notar mi cara de decepción por no recibir la clase de canino que deseaba. Yo le creí porque Pepe Jr –como decidí llamarlo- traía un barril de madera colgando del cuello que hacía muy verosímil la historia. De todos modos, yo estaba feliz por tener un perro.

Me divertía mucho jugar con mi mascota y llevarla al parque cada vez que podía. A veces, se escapaba y salía corriendo llevándose por delante a unos cuantos objetos que le obstaculizaban la vía. Así fue como me di cuenta de que Pepe Jr era ciego en su ojo izquierdo. Y gracias a sus escapadas, fue también como tuve la oportunidad de conocerla a ella, a la niña que se convertiría en la protagonista de todas las aventuras que viviría en mi cabeza.

Yo acababa de cumplir los nueve años y corría detrás de mi perro gritándole: “¡Pepe! ¡Pepe Junior!”. Muchos metros de camino después, logré alcanzarlo mientras registraba la basura que esperaba ser recogida frente a un hogar. “¡Perro malo!”, le recriminé, y entonces una voz proveniente del jardín de esa casa me dijo: “¿Cómo se llama tu Beagle?”. Era ella quien me hablaba. Desde el momento en el que giré mi cabeza y la vi, supe, incluso a esa edad tan imberbe, que ya no podría dejar de soñar con ella. Algo en su mirada me hacía ver un poco de mí mismo reflejado en su alma.

No sin tartamudear, logré responderle que no era un Beagle, sino un San Bernardo mi perro. “¡Es un Beagle!”, me refutó ocultando una sonrisa. “Es un San Bernardo, ¿por qué dices que es eso otro?”, le insistí. “Porque yo tengo una Beagle, y es idéntica a tu San Bernardo”, me explicó con una voz tan dulce y suave, que era imposible no quedarse aletargado queriendo escuchar más. Acto seguido me mostró a Zaza, su mascota, y la verdad es que era como ver a Junior con accesorios de niña. Me sentí como un estúpido por haber creído el engaño de mi padre durante tanto tiempo. De no ser porque se había marchado un año antes para fundar una nueva religión –sí, era muy peculiar mi familia-, me habría ido enseguida para insultarlo.

“Se llama Pepe”, le dije una vez que asimilé los hechos y recordé que no le había respondido a su pregunta inicial. “Mucho gusto, Pepe”, le dijo ella a él, a la vez que lo acariciaba. “¿Y tú como te llamas?”, añadió dirigiéndose a mi. “Pepe”, le respondí sin poder evitar reírme un poco. “¿Me estás tomando el pelo?”, me replicó. “No, para nada. ¡Es la verdad!”, le aseguré. “¿Y por qué llamaste a tu perro igual que tú?”, me cuestionó. “No, no es igual. En realidad, él se llama: Pepe Junior”, aclaré. “Pues para mí sigue siendo igual, pero no importa”, me contestó. “Yo soy Susana”.

Para mí, más que una Susana, ella fue algo parecido a una entidad divina. Después de ese día, durante un año entero, Pepe Jr y yo pasamos todas las tardes por su casa con la esperanza de volverla a ver, aunque siempre en vano. Es difícil explicar por qué necesitaba tanto verla si apenas había compartido con ella unos minutos, pero de algún modo sentía como si todo lo que había vivido hasta ese día no había sido más que un preámbulo para esos cortos instantes junto a ella. Nunca había sentido tanta paz, y nunca más fui el mismo a partir de esa ocasión.

Al empezar en la secundaria, mi madre quiso que nos mudásemos a otra ciudad para rehacer allí nuestras vidas sin mi padre, y con ello, la poca esperanza que conservaba de encontrarme de nuevo con Susana terminó de desvanecerse. Jamás me cruzó por la mente la idea de que pudiera darse la extraordinaria coincidencia de que la chica que tanto anhelaba ver fuese a estudiar conmigo en mi nuevo colegio. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió. Como más tarde averiguaría, la basura que registraba Pepe Jr cuando la conocí, en realidad eran cajas llenas de objetos que esperaban a ser recogidos por las personas que ayudaban a sus padres a realizar la mudanza de ciudad.

No tengo palabras para describir lo que sentí cuando entré en mi salón de clases y me lleve la grata sorpresa de encontrarme con Susana allí. Sin embargo, lo mejor de todo fue saber que ella aún se recordaba de mí, porque al sentarme en mi puesto, me envió una nota que decía: “¿Cómo está tu “San Bernardo”?” “Igual de loco, ¡ahora se cree Chihuahua!”, fue mi respuesta, lo que la hizo reír. Durante los años que estudiamos juntos, compartí mucho con ella y fuimos muy amigos, pero nunca me atreví a contarle lo que sentía ni el impacto que causó en mí conocerla. Me aterraba hacerlo, aunque lo habría hecho desde un primer momento de haber sabido que mi tiempo cerca de ella se agotaría pronto.

Dos noches antes del examen final del penúltimo año de la secundaria, Susana vino a mi casa para estudiar conmigo. La noté un poco extraña y bastante afligida, por lo que le pregunté qué le pasaba. Su respuesta fue que estaba triste porque su familia había decidido mudarse de nuevo a otra ciudad ese verano y no quería hacerlo. En el momento, no dije nada. Me impresionó mucho la noticia y no supe qué decir. Ni siquiera pude levantar la vista y mirarla a los ojos. Simplemente, me dediqué a pretender que nada había sido dicho.

Sin embargo, no pude disimular más cuando me dijo que ya se iba para su casa. “¡Por favor, no te vayas!”, le rogué. “¡Debo irme, es muy tarde!”, me replicó. “Me refiero a irte de la ciudad. ¡Por favor, quédate! ¡Yo te quiero!”, le confesé. Al oír esto, Susana me miró fijamente a los ojos con mucha ternura, se acercó a mí muy lentamente, y me besó en los labios como si toda la vida hubiese estado esperando por ese beso. Luego, dirigiendo su mirada hacia la mía nuevamente, me susurró: “Yo también te quiero y me encantaría quedarme, pero yo todavía no dependo de mí misma sino de mis padres. No puedo hacer nada”. “Entonces, ¡dime adónde te vas para yo ir a buscarte!”, le supliqué. “¡Qué dulce eres!”, me dijo a la vez que me daba otro beso, “Pero si realmente estamos destinados el uno al otro, nos volveremos a encontrar sin necesidad de que yo te diga dónde estaré”. “Pero si ya nos hemos encontrado dos veces, ¿te parece poco?”, me quejé, a lo que ella respondió: “¡Quédate tranquilo entonces, porque seguramente nos volveremos a encontrar una vez más!”.

Un mes y medio después, Susana se marchó sin decirme nunca su destino. Fue triste y dura la despedida, mas al menos me quedaba el consuelo de haber vivido los mejores días de mi vida durante ese tiempo. Prácticamente, no hubo segundo en el que no estuvimos juntos durante los últimos días, así como no hubo momento en el que no la extrañé luego de su partida.

Dondequiera que iba, observaba atentamente a mi alrededor buscándola, pero nunca tuve éxito. Cuando me fui a estudiar veterinaria en una universidad lejana, todos los días anhelé tener la misma suerte que tuve al empezar la secundaria, pero jamás me conseguí con Susana esperándome en mi salón de clases. Con el paso del tiempo, creció mi desesperanza y mi temor por no volverla a ver nunca más en mi vida.

Durante mis vacaciones del segundo año, viajé unos días con mi familia y Pepe Jr a la playa, lo que le sentó muy mal a mi viejo perro. No comía, no jugaba, y no hacía nada excepto tirarse en el suelo con la mirada perdida. Yo sabía que ya estaba muy viejo y que estaba cerca de su hora, pero de todos modos decidí llevarlo a un centro veterinario con la fútil ilusión de poderlo salvar. Quizás alguien allí supiera una forma de ayudarlo aún desconocida para mí.

Sin embargo, fue en vano. Mi fiel compañero se me fue mientras aguardábamos en la sala de espera. Desconsolado, lo cargué en mis brazos para llevarlo a casa, y al cruzar el umbral de la puerta, tropezó conmigo una chica que resultó ser nada más y nada menos que Susana. ¡Qué manera de finalmente tener la dicha de encontrarla de nuevo! “No sabes cuánto te he buscado en todo este tiempo, pero lamento que nos hayamos cruzado de nuevo en este momento tan triste para mi”, le dije. Luego agregué: “Discúlpame por no quedarme un rato hablando contigo. Debo irme”. No obstante, mientras caminaba hacia el auto, ella se me acercó para pedirme la dirección del lugar donde me estaba quedando. Quería verme esa noche.

A las ocho de la noche se apareció en el hotel con un cachorro de Beagle en sus manos. “Es un nieto de Zaza”, me dijo, “y quiero que lo tengas tú”. Yo no quería aceptarlo porque no comparto la teoría de que un clavo saca a otro clavo, mas fue tanta su insistencia, que tuve que hacerlo. “¿Qué nombre le colocaste?”, le pregunté. “Yo lo llamé Archie, pero imagino que quieres a un quinto Pepe en tu familia”, me contestó con una sonrisa. “Archie me gusta”, repliqué yo, “Así lo llamaré”. El resto del tiempo lo dedicamos a ponernos al día. Ella me contó que estudiaba la misma carrera que yo, y que al mismo tiempo trabajaba medio turno como asistente en el centro veterinario adonde había ido. Al igual que yo, soñaba cada día con entrar a su salón de clases y verme allí. A diferencia de mí, nunca se dio por vencida.

Tuve que partir al siguiente día, pero le dejé la promesa de que volvería a buscarla. Esta vez, intercambiamos direcciones de correspondencia, teléfonos, y todo lo que nos fue posible para evitar perder el contacto de nuevo. Al principio, poder hablar con ella me calmaba la ansiedad, pero poco a poco esta se hizo más insoportable. A los dos meses, decidí aparecerme por su casa de sorpresa, por lo que me dirigí a la estación de trenes y compre un boleto hacia mi destino. No podía estar más feliz, porque con toda seguridad, vería una vez más a mi Susana.




II Parte

A veces, cuando siento nostalgia, cierro los ojos y tengo de nuevo ocho años. Vivo de nuevo aquel día de marzo que en aquella época tanto quise evitar que llegase, y que ahora tanto deseo volver a vivir. Mis padres terminaban de colocar en cajas nuestras pertenencias luego de que, por última vez, ignorasen todas mis súplicas por no irnos de la ciudad. Ellos no entendían que yo no quería perder a mis amigos, y yo, nunca comprendí sus razones de adultos para mudarnos. Consciente de que ya no había nada que pudiera hacer, y con mucha impotencia dentro de mí, me senté en el jardín de mi antigua casa con la desesperada ilusión de que llegase un príncipe azul en un caballo blanco a rescatarme de tan funesto destino. Cuando de pronto apareció un niño persiguiendo a su perro, sin saber por qué, mi corazón empezó a latir más fuerte, y, de mi boca, surgió un susurro que sólo yo escuché y que decía: “¡Mi Príncipe!”.

Era un tanto singular mi príncipe. Para empezar, su caballo era un perro que ni siquiera estaba seguro de lo que era, ya que creía ser un San Bernardo cuando en realidad era un Beagle. Segundo, no era elegante como debía serlo alguien de la realeza, sino que más bien estaba algo sucio y harapiento. Y tercero, Pepe, que para muchos no es más que un apodo, en su caso era su verdadero nombre, y también el de su mascota. Sin embargo, todo esto pasó a un segundo plano cuando sus ojos café se posaron sobre los míos y sentí mi alma desnuda, como si hubiera podido ver dentro de mí. Por ese instante de tiempo, logré olvidarme de todos los problemas que me embargaban. Sencillamente, fui feliz durante ese momento.

Para mi desgracia, mi príncipe no me rescató aquel día. Después de que estuvimos hablando un rato y jugando con nuestras mascotas –Pepe Jr y Zaza-, se marchó a su casa y no me quedó más remedio que mudarme. Una vez instalada en mi nuevo hogar, tomé por costumbre sentarme todas las tardes en mi nuevo jardín a esperar por mi Pepe. “¿Cuándo vendrá a buscarme mi príncipe?”, me preguntaba cada día. Por alguna razón, tenía la seguridad de que tarde o temprano sucedería.

Y sucedió. Sólo que no se apareció en mi jardín de nuevo, sino en mi salón de clases, un año después, y no precisamente a buscarme. Fue una gran coincidencia: estudiaría conmigo ese nuevo año escolar, por lo que más emocionada no podía estar. La sola idea de poder verlo todos los días, me motivaba cada mañana al despertarme.

Con el tiempo, nos hicimos muy buenos amigos. A mí, me emocionaba mucho que él fuera a visitarme, porque soñaba con que iría a proponerme que fuera su novia. Constantemente analizaba todo lo que él hacía o decía, con la esperanza de encontrar algo que me indicara que Pepe estaba interesado en mí, pero eran muy ambiguas sus señales y no podía saberlo con seguridad. Por ejemplo, rara vez hacía contacto visual conmigo, y muchas veces, pasaba horas sentado cerca de mí sin decir palabra, como si yo le aburriera o le pareciera tonta. Mas, otras veces, lo atrapaba mirándome cuando creía que yo no me daría cuenta, cosa que me mantenía ilusionada. Después de todo, mi lema siempre había sido que la esperanza es lo último que se pierde.

Cuatro años transcurrieron durante los cuales, a pesar de que nunca pasamos de ser sólo amigos, fui dichosa. Por esta razón, me cayó como un balde de agua fría cuando mi padre me dijo, al finalizar el penúltimo año de la secundaria, que ese verano tendríamos que mudarnos de nuevo. Lo habían transferido a otra ciudad en su trabajo. ¿Cómo se puede conservar la esperanza ante noticias como esta? No me había ido, y ya comenzaba a extrañar a mi Pepe.

La noche en la que se lo comenté a mi príncipe, yo pensé que no le importaba no verme más. Prácticamente, ignoró mi comentario y siguió estudiando para un examen. Yo no podía concentrarme con tanta tristeza. Me dolía mucho la indiferencia con la que se tomó la noticia. No obstante, cuando ya me iba para mi casa, finalmente mi Pepe se abrió a mí. “Susana, ¡no te vayas!”, o algo así me dijo. “Es muy tarde”, me excusé yo, pensando que él se refería a continuar estudiando. Fue entonces cuando me explicó que lo que no quería, era que me fuera del pueblo. Me confesó que me quería, y que estaba enamorado de mí desde aquella vez que se apareció en mi jardín. Lo que tanto yo había soñado, por fin estaba sucediendo. Emocionada, me acerqué a él y por primera vez nos besamos. Ninguno de los dos sabía muy bien cómo hacerlo, pero no era relevante para nosotros. Lo importante, era lo que significaba ese beso para ambos. La confirmación de que, algunas veces, los sueños sí se hacen realidad.

Nunca le dije a Pepe la ciudad a la que me mudaría, ni mi teléfono, ni otro dato que le permitiera buscarme. Como chica soñadora e ingenua que era, confiaba en que el destino se encargaría de unirnos nuevamente si realmente éramos el uno para el otro. Pensaba que si, por mala fortuna, nunca más nos volvíamos a ver, al menos me quedaría el consuelo de los maravillosos días que vivimos desde aquel beso hasta el momento en el que me fui. ¡Qué equivocada estaba!

Lo extrañé demasiado en todas y cada una de las horas en las que no nos vimos. Anhelaba conseguírmelo en la universidad cuando empecé a estudiar veterinaria, o sentado en un café esperando por mí, o haciendo cualquier cosa; pero luego de mucho tiempo, me resigné a la idea de que tal vez algo así nunca ocurriría. Comencé a salir con otros chicos, mas dejé de hacerlo al notar que ninguno me llenaba. Nada era igual sin mi Pepe.

Dos años, nueve meses y dieciocho días después, finalmente volví a encontrarme con mi Príncipe. Tropecé con él sin querer cuando entraba a la clínica veterinaria donde yo trabajaba como auxiliar en mis horas libres. Traía en sus brazos el cuerpo sin vida de su viejo amigo Pepe Jr, por lo que simplemente le pedí su dirección de habitación para visitarlo cuando fuera un poco menos doloroso para él. No pude resistir mucho tiempo, y fui a visitarlo esa misma noche.

Le obsequié un cachorro de Beagle, uno de los nietos de mi vieja Zaza, que había fallecido veinticinco meses atrás. “Te estaba esperando”, le dije. “Y yo te estaba buscando”, me respondió mi Pepe. Pasamos toda la noche conversando, contándonos lo que había sido de nuestras vidas. Sin darnos cuenta, nuestras manos se habían juntado y yo me encontraba con mi cabeza apoyada sobre su hombro. “¡Te quiero igual que siempre!”, me confesó. “¡Yo te adoro, mi Príncipe!”, le respondí, y nos quedamos dormidos de esa forma.

Mi Pepe se encontraba en la ciudad de paseo, por lo que al siguiente día tuvo que partir a su casa. Pronto comenzaría de nuevo las clases y debía prepararse para ello. Coincidencialmente, estudiaba veterinaria igual que yo. Sin embargo, esta vez sí intercambiamos datos de contacto, y me prometió que volvería muy pronto a buscarme. Yo estaba feliz con esa promesa.

Desde que se marchó, todas las noches durábamos horas pegados al teléfono. Era mi momento favorito del día, y dejaba de hacer cualquier cosa para hablar con él. Por eso, me extrañó tanto que dos meses después, de pronto un día dejó de llamarme. “¡Quizás fue a una fiesta!”, pensé la primera vez, pero al repetirse la situación en la siguiente noche, comencé a preocuparme. Lo llamé a su casa, y un compañero de habitación me contestó que la mañana anterior había partido en tren a visitarme. Como llevaba veinticuatro horas de retraso, entré en pánico. ¡No podía dilatarse tanto mi Pepe!

Desesperada, salí corriendo a la estación de trenes apenas supe. No estaba allí mi Pepe, pero me sentí más tranquila cuando supe que no había ocurrido ningún accidente en más de diez años. Esperé unas horas en caso de que llegase en el próximo tren, mas no fue así. A medida que transcurrían los minutos, más y más angustia sentía. Algo le había pasado a mi príncipe.

Al amanecer, cuando fui a comprar la prensa. Me enteré de la desgarradora noticia. Al llegar a la ciudad, mi Pepe defendió a una anciana que estaba siendo víctima de un atraco y fue ultimado por uno de los antisociales. Mi príncipe había muerto rescatando a alguien.

Hoy, veo todo en perspectiva, y doy gracias por al menos haber tenido la oportunidad de conocer al verdadero amor. Sin embargo, también me arrepiento por haber dejado tantas cosas en manos del destino, en lugar de aprovechar al máximo cada minuto con quien fue mi Cielo. Di por sentado que teníamos toda la vida por delante, cuando en realidad nunca sabemos de con cuánto tiempo exactamente disponemos. No obstante, estoy tranquila, porque sé que tarde o temprano nos volveremos a encontrar, y entonces, le podré dar todos los besos que le quedé debiendo.


Canción para acompañar:

+ Frou Frou - "It's good to be in love"