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20120929

Un optimista empedernido


El señor Eduardo besó a su esposa y se despidió de ella hasta la siguiente semana. Lo mismo hizo con su hija y sus dos nietos pequeños que vivían junto a ellos. Se subió a su oxidado Ford Zephyr del 79 y se marchó a la ciudad capital sin más compañía que su propio reflejo en el retrovisor. Se iba, como todas las semanas, con una sonrisa en el rostro y la nostalgia atada al alma. Llevaba ese peso sobre los hombros que solo llevan los que no desean marcharse.

Poco más de cinco horas de camino debía tomarle a don Eduardo arribar a su destino pero él se tardó más de seis. Además de que era poco lo que podía exigirle a su automóvil en materia de velocidad, al sexagenario le gustaba disfrutar del recorrido,  a pesar de que no era mucho lo que había para admirar más allá de las montañas en el horizonte y una vegetación tropical. Aún teniendo que atravesar el más espectacular de los paisajes, muchas personas se obstinarían de él si tuviesen que transitar el mismo camino todas las semanas. Eduardo no era una de ellas. Él no sabía cómo estar obstinado.

Al encender la luz de la oficina, el señor Eduardo notó que el reloj de pared marcaba las diez menos cuarto de la noche. Tomó un poco de agua y luego bajó hasta el sótano del edificio donde estaba la habitación que habían “acondicionado” para que fuese su alcoba: Un colchón tirado en el suelo, un escritorio haciendo las veces de mesa de noche, un poster en la pared con la imagen de una paradisíaca playa, y una minúscula ducha portátil. El sexagenario estaba más que satisfecho con su habitación: al menos así no tenía que pagar alquiler alguno.

Aún no había amanecido cuando sonó la alarma del despertador. Comenzaba otra jornada de trabajo y había que recoger a un cliente  a las siete y media de la mañana.  Al subir de nuevo a la oficina, abrió una de las ventanas que daba hacia la calle para tomar un poco de aire fresco, si es que existe tal cosa en Manila. Miró al firmamento buscando fútilmente las estrellas. En su pueblo natal solía pasar horas contemplando a esas chispas de luz en el cielo, pero en la gran ciudad sólo podía verlas con los ojos de la memoria.

Con apenas cinco minutos de retraso llegó al hotel donde lo esperaba su cliente. Toda una proeza considerando el tráfico infernal de la capital filipina.  Con una gran sonrisa en el rostro le explicó a su nuevo copiloto el itinerario del día y emprendió la marcha rumbo al primer destino: Tagaytay. “¿Cómo es posible que alguien llamado Eduardo no hable Español?”, le había espetado su cliente, en inglés, al escuchar a su guía turístico decir que no dominaba ese idioma. El pasajero se llamaba Ezequiel y provenía de algún país suramericano. La verdad era que en aquel peculiar país del sureste asiático, lo único que se conservaba intacto de la nación que por  más de 300 años los había colonizado eran la religión y los nombres propios.

El calor era inclemente pero afortunadamente el automóvil de la empresa, a diferencia del Zephyr, tenía aire acondicionado. El señor Eduardo, siempre con una sonrisa, respondía a las preguntas que su cliente le hacía sobre los lugares que iban recorriendo. El día transcurrió según lo planificado con la salvedad de que no pudieron acercarse hasta el volcán más pequeño del mundo por encontrarse en alerta de actividad. A las seis de la tarde, el guía turístico dejó a Ezequiel de vuelta en su hotel y regresó a su oficina con la satisfacción de saber que hizo un buen trabajo. 

De nuevo en su morada improvisada, don Eduardo llamó por teléfono a su señora para contarle sobre su día y desearle las buenas noches. Luego de cenar cualquier cosa que encontrase en la nevera de la oficina y de ocuparse de su aseo personal, Eduardo se dispuso a dormir desde temprano. Había sido un largo un día y habría otro cliente a quien recoger a la llegada del alba. Sin embargo, lo único que importaba para él era que estaba un día más cerca de volver a casa. Después de todo, él no era más que un optimista empedernido.

20070204

Días de Primer Mundo

Dos huevos en la sartén. Dos rebanadas de pan en la tostadora. Un pensamiento en su mente. Quince minutos para desayunar. Tenía calculada la hora exacta a la que debía de salir de su apartamento para poder llegar justo antes de las 8:30 a la estación de trenes. Siempre cogía el tren que partía a esa hora.

Veintidos minutos le tomaba al ferrocarril llegar a su destino y siete le tomaban a él llegar a su puesto de trabajo. Cuando el reloj marcaba las nueve de la mañana, Simón ya se encontraba frente a su PC leyendo sus correos, retomando las actividades que había dejado inconclusas el día anterior y que volvería a dejar inconclusas a la hora del almuerzo.

"Hi! How are you?", saludaba cortésmente a los compañeros que se encontraba a medida que caminaba hacia la sala de los microondas. Al principio, le chocaba mucho tener que hablar en un idioma distinto al que predominaba en sus recuerdos, pero ya se había adaptado un poco. Ocho minutos calentaba en el horno la comida que la noche previa se había cocinado él mismo. No sabía ni remotamente parecida a la que su mamá le preparaba en otros tiempos, mas al menos cumplía la función de alimentarlo. Prepararse su almuerzo le permitía disminuir los gastos. Tenía que ahorrar lo suficiente para poder llevarse a su familia con él.

A las cinco en punto, todo el mundo interrumpía lo que hacía y se iba a su casa. Simón también. En menos de cuarenta minutos, ya se estaba bajando del tren que lo devolvía a la zona donde quedaba su piso. Si el clima se lo permitía, él prefería caminar desde la estación de trenes hasta el edificio donde vivía. Incluso tenía contados los pasos que esto le tomaba.

Alrededor del paso número 46, Simón cruzaba frente al Teatro Principal de la ciudad. A veces, el estreno de una película se produciría allí y podía ver al remolino de gente aguardando la llegada de los actores. Otras veces, realizaban conciertos de bandas que él no conocía, pero que estaba seguro que a sus amigos les habría encantado haber asistido. "¡Qué lástima que no estén aquí!", algunas veces se lamentaba, y luego continuaba con su camino.

Ya en su hogar, preparaba su cena y el almuerzo del siguiente día. Se conectaba a internet para hablar con su madre que se encontraba a quince horas de distancia, y luego veía algo de tv para relajarse un rato. Lamentablemente, relajarse le costaba mucho últimamente, porque lo agobiaba un pensamiento que persistía en su mente día y noche: "¿Soy feliz?".

"¡Claro que sí!", se repetía a si mismo, aduciendo que vivía en un país de primer mundo seguro y estable, laborando en algo acorde con su profesión y recibiendo un salario mayor del que recibiría en su país. ¿Cómo no iba a serlo?

Sin embargo, en sus adentros sabía que algo le faltaba. A veces, tenía ganas de hablar con alguien que le entendiera realmente o le provocaba salir a pasear por la ciudad, mas no tenía con quién hacerlo. La gente en el lugar donde se encontraba era muy cordial y amable, pero también era muy distinta a él. Tenía muchos conocidos en la región, aunque nunca como los amigos que había dejado atrás, los que de verdad lo conocían tal y como él era. Tampoco tenía a su familia consigo, con la que podía apoyarse en los momentos de flaqueza. En los momentos de depresión, sabía que estaba sólo.

Cuando partió de su tierra, pensó que sería más fácil todo. Que le sería sencillo sustituir a sus viejos amigos en su nuevo mundo, y que el vacío producido por la lejanía de sus familiares podría ser llenado en gran medida por la presencia de su novia, quien ya había emigrado. Pero hay un problema con dar las cosas por sentado y es que nada en el futuro está escrito. Podemos hacer muchos planes siempre, mas debemos estar preparados por si nada sale como pensábamos, porque lo peor que podría pasar... algunas veces ocurre.

En su afán por vivir bien, Simón ignoró que en la vida es mejor tener un poco de todo, que mucho de algo. La buena noticia para él es que, a pesar de que no hay vuelta atrás, la vida continúa y puede luchar por mejorar su situación. En sus manos está no cometer el mismo error.

Son las 7:00 am cuando suena de nuevo el despertador de Simón. Otro día más que comienza de la misma manera que el anterior. Otra oportunidad más para demostrar que algo hemos aprendido.


Canción para acompañar:

* Snow Patrol - "Open your eyes"


- ¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!

-H.G.

20060812

Vigilante

“Ya me voy. ¡Hasta mañana, mi Doña!”, le dice a su mujer al mismo tiempo que le da un beso de despedida. Ella, empapada de sudor luego de pasar gran parte de la tarde cocinándoles a los muchachos y al Señor Esteban, le sostiene la cabeza entre las manos para besarle la frente y encomendarlo a todos los santos. “¡Qué Dios me lo proteja y me lo favorezca! ¡Ay Virgen Santísima y Purísima, líbremelo de todo mal!”, suele decirle la Doña religiosamente cada día, y, su esposo, agradecido, la abraza y le responde con un fuerte: “¡Amén!”. El hombre camina luego hacia la puerta, toma entre sus brazos a su nieto de dos años –el único a esa hora en casa- y le pide que por favor lo despida de sus hermanos y de su madre. El pequeño no entiende una palabra de lo que le dicen, pero la costumbre le indica que es hora de decirle adiós al abuelo. “Se va Abelo!”, exclama con su tierna vocecita, y se coloca las manos en el pecho como gesto para pedir la bendición. “¡Dios me lo bendiga!”, le responde orgulloso el Señor Esteban, y, finalmente, sale de su casa a la hora en la que la mayoría de los hombres regresan a ella.

En un morral, lleva su uniforme; y, en su uniforme, lleva la esperanza. La esperanza de que el sacrificio que hace servirá para que sus nietos puedan graduarse de algo y llevar la vida que él no pudo tener. Quizás no lo aprovechen, lo sabe, pero al menos les dará la oportunidad de hacerlo.

Ya está totalmente oscuro cuando llega a su lugar de trabajo. Un edificio residencial lleno de gente que cree que nadie tiene peores problemas que ellos mismos. Algunos son corteses y lo saludan cuando lo ven en su puesto al entrar o salir por la puerta principal. Otros, en cambio, lo ignoran totalmente como si él no estuviera allí. Él los ignora también en estos casos, aunque siempre tiene a mano su sonrisa para responderle a cualquiera que se dirija hacia su persona. A pesar de que no tiene el más satisfactorio y agradable de los trabajos, el Señor Esteban no es un hombre amargado. Más bien, agradece que al menos tiene un empleo.

Le gusta pensar en que gracias a él, los habitantes de esas residencias pueden dormir tranquilos cada noche, aunque en el fondo sabe que el efecto es meramente psicológico. A la hora de enfrentarse a un criminal, está consciente de que es poco lo que podría hacer sin un arma de fuego, y aún si la tuviera, sabe que tendría las de perder. Por suerte, nunca le había tocado experimentar una situación de peligro mientras ejercía su profesión. Las oraciones de la Doña y las numerosas estampitas de santos que siempre lleva en la cartera lo protegían. En eso, creía él firmemente.

Le preocupaba perderse de todo lo que ocurría en su familia. No tenía tiempo para compartir con ellos, sobretodo con sus nietos, ya que debía dormir la mayor parte del tiempo que ellos pasaban despiertos, y viceversa. No estuvo ahí cuando Edwin, el niño de 2 años, dijo su primera palabra; ni cuando ninguno de los demás aprendió a caminar. Se perdió de todos los momentos importantes en la vida de ellos, pero no se desanimaba. Ese era su sacrificio y lo hacía con orgullo por ellos. Tenía que cubrir las veces de los padres de las criaturas, que: ó los habían abandonado, ó habían fallecido en alguna pelea callejera. ¡Y lo había logrado! A duras penas y sin muchos lujos, sí, pero podía jactarse de que en la mesa de su familia nunca había faltado el pan de cada día ni nada que necesitaran.

En su rutina nocturna, ya era un experto encontrando maneras de entretenerse para matar el tiempo entre el ocaso y el alba. Lee el periódico vespertino, intenta infructuosamente de entender ese juego de números con nombre japonés que ahora sale cada día en la sección de entretenimiento, da un paseo por el estacionamiento del edificio, se come lo que le haya preparado su mujer para esa noche, cuenta las estrellas, calcula con un método nada infalible el número de lotería que saldrá al día siguiente, escucha algo de radio A.M., y, aunque no le gusta admitirlo, de vez en cuando también se queda dormido por ratitos. Al principio, se le hacía larga la espera, pero a medida que se adaptaba a su trabajo, le iba pareciendo que el tiempo pasaba más y más rápido y que la noche duraba menos. Ya le parece que no dura nada: mucho antes de lo que imaginó, los primeros rayos del sol comienzan a iluminar el firmamento y se acerca la hora de volver a casa. La noche ha llegado y se ha ido en un solo instante.

Don Esteban recoge sus cosas, se cambia el uniforme por su ropa de calle, y parte hacia su hogar. Si tiene suerte, puede que ya estén despiertas sus hijas y sus nietos para compartir con ellos al menos un rato. Cuando alguno de los más pequeños le pregunta cuál es su trabajo, él no se avergüenza al decir que es “vigilante”, porque sabe que ese es exactamente su trabajo: vigilar sueños: los sueños de su familia.

Canción para acompañar:

* The Classic Crime - "All The Memories"

Película recomendada de la semana:

* "Thank you for Smoking" (2005) [10/10]. Director: Jason Reitman. Cast: Aaron Eckhart, Robert Duvall, Cameron Bright, William H. Macy, Katie Holmes, Adam Brody. Una palabra: Véanla.

-¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!

-H.G.

20051014

El Héroe ante Sus Ojos

Sus ojos estaban fijos en él, pero en realidad no lo estaba mirando. Su mente se encontraba dispersa mientras aún intentaba asimilar lo que acababa de suceder. No quería pensar en nada concreto en ese momento, mucho menos en el futuro inmediato. Las angustias y las preocupaciones bien podían esperar otro rato.

Notó que en su rostro se encontraban las huellas de una sonrisa. La misma que él estaba acostumbrado a ver desde que era un niño y que el hombre que tenía frente a sí siempre llevaba cuando llegaba del trabajo y los encontraba a ellos haciendo cualquier cosa: jugando, estudiando, durmiendo... no importaba. Él era feliz con sólo ver a sus hijos. Verlos era todo lo que necesitaba para sentirse orgulloso, y orgullosos era como ellos se sentían de tenerlo a él como padre. No tenían nada que reprocharle, pero sí mucho que agradecerle.

Recordó entonces la primera ocasión en la que lo vio bailar con su madre. Él tenía cuatro años y habían ido de paseo a un parque. Una retreta de esas que tocan canciones de hace cien años se encontraba amenizando la tarde y su padre no pudo resistir la tentación de llevar a su señora esposa a la improvisada pista de baile. Puntos de sombra y de luz invadían el lugar producto de los rayos del sol filtrándose a través de los árboles. Aves de todos colores adornaban el cielo. Las notas alegres de la música de antaño contribuían a hacer de ese día uno muy especial. Sin embargo, lo que más marcó para él esa tarde fue la expresión de felicidad de su madre mientras danzaba. Hacerla tan feliz a ella estaba, sin duda, de primero en la lista de cosas que agradecerle.

Rememoró luego la admiración que sintió por él cuando lo llevó a aquel partido de fútbol y lo mantuvo todo el tiempo sobre sus hombros para que pudiera ver el juego. “¿Seguro que no estás cansado, papá?”, le preguntó el niño con sincera preocupación al finalizar la primera mitad. “No estoy cansado. ¡Tranquilo, hijo!”, le contestó valientemente él a pesar de que el cansancio que tenía era evidente con cada jadeo de su respuesta. En ese instante él supo que para su padre, el bienestar de sus hijos estaba por encima del suyo propio, como comprobaría después cada vez que le pedía hacer algo que implicara un sacrificio de su parte. Por ejemplo, cuando a la medianoche lo llamaba para que lo fuera a buscar a casa de un amigo, o cuando lo despertaba de madrugada para pedirle que llevara a otro compañero a su casa. Nunca se quejaba y siempre estaba dispuesto a ayudarle. ¿Qué más le podía pedir?

Pasaba buenos ratos viendo películas con él, y también jugando o conversando. Con él podía hablar de todo. Durante un tiempo llegó a pensar inclusive que su padre tenía las respuestas a todas las preguntas que pudieran realizarse. “¿De qué están hechos los sueños?”, le preguntó en una ocasión. “Los sueños están hechos de imaginación”, le respondió su padre después de pensarlo un poco. “¿Y dónde puedo comprar un poco de imaginación?, volvió a preguntar el curioso niño. “Pues en las librerías”, replicó con naturalidad su papá. “¿En las librerías?”, dijo atónito el preguntón. “¡Pues sí! Cuando compras un libro compras también un poco de imaginación”, explicó. Y así, el hábito de la lectura se convirtió también en algo más que tenía que agradecerle a su progenitor.

Pasaron las horas y a su memoria seguían llegando recuerdos felices. El nostálgico hijo no pudo evitar que una tímida lágrima se asomase a través de su ojo derecho. Sin embargo, él ya no estaba triste. En el fondo, más bien estaba contento, porque había descubierto que una parte de su padre permanecería viva en él para siempre. En sus recuerdos, el gran superhéroe seguiría ganando batallas.

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Para Luis.
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Con esto también participo en El Juego


Canción para acompañar:

* Pearl Jam - "Man of the Hour".

Película recomendada de la semana:

* "Big Fish" (2003) [10/10]. Director: Tim Burton. Cast: Ewan McGregor, Albert Finney, Alison Lohman, Jessica Lange, Helena Bonham-Carter.

-H.G.

20050924

El Gran Hermano

Chequeó una y otra vez que tuviese a la mano todo el equipo necesario para hacer su trabajo. Fue muy meticuloso al respecto: primero acercó las cremas que utilizaría, luego los cepillos grandes y chicos, posteriormente colocó a su alcance un trozo de tela del color adecuado, y -por último- un pequeño pote de agua mineral que resultó ser un rociador improvisado del siempre útil líquido. La verdad es que yo ya estaba impaciente porque comenzara. Mi pierna izquierda amenazaba con dormirse en cualquier momento por la posición en la que se encontraba. La tenía colocada sobre una caja de madera que servía de apoyo para poner los zapatos.

Justo antes de empezar a realizar su tarea, me miró por un instante a los ojos. Fue entonces cuando pude ver la clase de persona que era. “Los ojos son el espejo del alma”, dicen por ahí y yo creo que es cierto. Siempre he pensado que los ojos dicen mucho de una persona y aunque esto nunca llegará a ser una ciencia exacta, al menos nos permite hacernos una idea relativamente clara de la forma de ser de alguien. En este caso particular, su mirada derrochaba nobleza. Era alegre y melancólica al mismo tiempo, con un brillo se puede decir que opaco. Era la mirada de alguien a quien tú sólo quisieras que le sucedieran cosas buenas, de alguien trabajador y preocupado por su familia. Al menos así me pareció a mí y no me costó mucho comprobarlo.

“¡Tener los zapatos bien limpios representa mucho!”, me dijo mientras le aplicaba la crema de color marrón a mis zapatos castaño rojizo. Yo no sabía qué me impresionaba más: si el empeño que le ponía a una tarea tan poco atractiva como pulir un calzado, o el hecho de que todo el que pasara frente a su improvisado taller de zapatería lo saludara. “¡Hermano!”, le gritaba cuanto hombre, mujer o niño caminaba por esa esquina de Caracas, y él les respondía llamándolos de la misma forma sin interrumpir en ningún momento su labor. No lo llamaban así por ser todos miembros de alguna secta religiosa, sino porque esa era la expresión que utilizaba él para referirse a todo el mundo. “¡Hermano, mira lo que le compré a mi hija!”, le interrumpió un señor que cargaba un cachorro de cocker entre sus brazos. “¡Qué bueno!”, le contestó El Hermano, “¡ella siempre que pasaba por aquí me decía que quería un perro!”; y el orgulloso padre, acto seguido, procedió a relatar cómo fue la aventura de la adquisición de la mascota para su pequeña. A pesar de estar atento a la historia, el trabajador hombre nunca dejó de pasarle con esmero uno de los cepillos a mis zapatos.

Desde un buen tiempo atrás me había fijado yo en su puesto callejero de reparación y limpieza de calzado. Quedaba a mitad de camino entre mi trabajo y el sitio donde regularmente almuerzo. Sin embargo, por diversas razones nunca había podido lograr que me atendiera. Bien sea porque yo andaba acompañado y no quería hacerlos esperar a ellos, ó porque habían otros clientes por delante de mí. Por supuesto que yo podía limpiar mis zapatos por mi cuenta -esta es una de las pocas actividades manuales que realmente hago bien-, pero tenía que comprar primero todo el equipo necesario para hacerlo y también me daba pereza. De cualquier modo, lo más importante era obtener un buen resultado, y esto fue precisamente lo que obtuve con El Hermano.

¿Cómo no iba a quedar conforme con el trabajo de alguien que se esforzaba tanto? Hay que tomar en cuenta que las condiciones en las que él laboraba distaban mucho de ser las ideales. Para empezar, su puesto de trabajo quedaba en la calle y estaba sujeto a las inclemencias del clima. Ese día, por ejemplo, el sol estaba insufrible, y la silla del cliente era la única que cabía en el único espacio con sombra que había en esa acera. Cualquier otra persona realizaría la labor que El Hermano desempeñaba de mala gana, sobretodo por lo mal remunerado que es el oficio de limpiar zapatos, pero él no. Él mantenía su buen humor y le ponía una gran dedicación a lo que hacía, como si fuera un artista a punto de terminar su obra maestra. Si todo el mundo se empeñara en hacer sus respectivos trabajos lo mejor posible como él hombre que se encontraba ante mí, sin duda el mundo no tendría tantos problemas. ¿Cuántos gerentes y ejecutivos no hay que pasan todo el día en la comodidad de su oficina con aire acondicionado y sin embargo no hacen más que gritar todo el tiempo y tener mal ánimo? Está claro que uno no sabe lo que tiene hasta que deja de tenerlo…

“¡Tome, mijo!”, le ordenó una señora anciana mientras le ofrecía un vaso de agua, “¡con ese sol que hace se debe estar muriendo de sed!”. El hombre se lo bebe de un trago no sin antes darle las gracias. Seguramente, sus cualidades humanas le habían hecho merecedor de que la gente estuviese pendiente de él y lo trataran tan bien. El Hermano ya estaba a punto de terminar su labor en mis dos zapatos. Cuando lo hizo, me miró con la satisfacción de saber que realizó un buen trabajo. Quedaron impecables, de verdad que sí. Procedí entonces a pagarle lo que me pareció una suma irrisoria al hombre que debía estar arribando a su sexta década de vida, a darle las gracias y a desearle una buena tarde. “¡Igualmente!”, me respondió el buen hombre para luego agregar: “¡Ya sabe que aquí estamos a la orden!”. Yo sonreí y emprendí entonces mi camino de regreso a mi lugar de trabajo.

De ahora en adelante, dudo mucho que mis zapatos vuelvan a pasar mucho tiempo sin estar impecables.


Canción para acompañar:

* Goo Goo Dolls - "Better Days" (Excelente la nueva canción de los Goo Goo's).


Película recomendada de la semana:

* "The Hurricane" (1999) [8/10]. Director: Norman Jewison. Cast: Denzel Washington.


-¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!

-H.G.

20050827

Estupidez en oferta

No recuerdo si era un lunes o un jueves. Tampoco recuerdo si fue un día soleado o uno lluvioso. Lo único que sé, es que ocurrió hace más de diez años, cuando yo tenía unos 9 años, o tal vez 13. La verdad, esto no importa.

Era un día de clases como cualquier otro, y, en esa ocasión, yo me encontraba en el patio del colegio durante uno de los recesos. Junto a mí, estaba un grupo de "amigos" de esos que en realidad no son amigos de nadie. Eran los "populares", los que se creían con derecho a todo y sin obligación a nada. Yo no me la pasaba todo el tiempo con ellos -especialmente porque tenían muy pocas cosas interesantes qué decir-, pero de vez en cuando sí lo hacía porque, después de todo, eran hijos de amigos de la familia y por ende los conocía de casi toda la vida. Se encontraban hablando de quién sabe qué cosa, probablemente de quién tenía la gorra más cara o de quién era mejor hurgándose la nariz, cuando llegó N. orgulloso a mostrarles sus nuevos zapatos. N. no pertenecía a ese grupo, tal vez porque venía de una familia un poco humilde, o porque no era tan listo como ellos creían ser, ó quizá porque simplemente no les daba la gana; pero lo cierto es que él se moría de ganas por ser aceptado por ellos.

"¡Miren los [inserte aquí el modelo y la marca de zapatos de su antojo] que me compraron!", dijo orgulloso cuando llegó. Eran demasiado llamativos para mi gusto, mas no estaban nada mal en realidad. "Están bien. ¿Son originales?", le dijo con indiferencia L., uno de los peores del grupito. Ante la afirmación de N., procedieron entonces a inspeccionar las etiquetas de los zapatos. "¡Ah pero son nacionales! ¡No son importados como los míos!", comentó L. La cara de decepción de N. al oír esto fue todo un poema. Mientras él se retiraba con tristeza, el idiota mayor agregó: "¡Toda mi ropa la compro todos los años en Estados Unidos, de las mejores marcas y de lo que está
de moda!".

De más está decir que no me gustó para nada como se comportaron con N. ¡Quién sabe con cuánto sacrificio le compraron esos zapatos a él para que ellos vengan a despreciárselos así! A pesar de que era lo suficientemente tonto como para soñar con ser aceptado por ese grupo, él era muy buena persona y no se merecía ese trato. Para que entiendan un poco mejor a qué me refiero, quizás deba rebobinar la historia un poco más hasta mis primeros días en preescolar. En esa época, yo aún no sabía amarrar las trenzas de mis zapatos -y con mis habilidades motoras, no es de extrañar que me haya costado aprender esto-, y en una ocasión en que las tenía desamarradas, N. fue la única persona que se dignó humildemente a hacerme el favor de atar mis zapatos. Desde entonces lo tuve en muy alta estima y por esto me afectaba aún más el maltrato que le dieron al pobre muchacho.

"L., los zapatos que llevas puestos también fueron comprados en el norte?", le pregunté yo al idiota engreído. "¡Sí, claro!", afirmó de inmediato él. "¿Y cuántos pares de ese modelo te compraste?", le volví a preguntar yo. "Un sólo par. Son muy costosos como para comprar más de uno o, si acaso, dos pares", respondió él. "Ahh eran caros", le comenté yo, y enseguida agregué: "¿Y fue que la estupidez estaba en oferta? ¡Porque de eso sí que parece que te compraron de sobra!". L. se quedó sin decir palabra mientras los demás se reían de él. No se esperaba ese comentario y no tuvo más remedio que callar y soportar la burla del grupo. A partir de entonces, siempre fue un poco distante y cauteloso conmigo, mas nunca dejó de ser un idiota.

El incidente anterior al menos sirve para explicar dos cosas sobre mi personalidad. Primero, por qué tolero tan poco a las personas presumidas; y Segundo, de dónde nació mi tendencia a hacer comentarios sarcásticos. Buenos o malos, hasta ese momento no sabía que me resultaba fácil hacerlos. Supongo que no hay mal que por bien no venga.


Canción para acompañar:

* Audioslave - "Be Yourself"

Película recomendada de la semana:

* "About a boy" (2002) [8/10]. Director: Chris y Paul Weitz.. Cast: Hugh Grant, Nicholas Hoult.

-¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!

-H.G.

20050820

Guardianes entre el Centeno

El seco sonido del disparo alarmó a la muchedumbre que se encontraba en los alrededores del Dakota, el edificio donde ocurrió la tragedia. Decenas de personas huyeron despavoridas asustadas por lo que habían escuchado. El cuerpo agonizante de la víctima cayó al suelo mientras se desvanecía su último aliento de vida. La mujer de rasgos asiáticos se postró entre gritos junto al cuerpo de su pronto-a-ser difunto esposo. El hombre que apretó el gatillo observaba todo sin creer aún en lo que había sido capaz de hacer. Allí lo encontraron inmóvil los oficiales de la policía cuando llegaron al lugar de los hechos. En una de sus manos estaba el arma homicida, con la otra sostenía un libro. En el suelo yacía un álbum autografiado segundos antes por la persona que ahora se encontraba muerta sobre la acera. El año era 1980. La ciudad: Nueva York. La víctima no era otra que John Lennon. El libro: “El guardián entre el centeno” (The Catcher in the Rye), de J. D. Salinger.

Era el libro favorito de Mark David Chapman -asesino de Lennon- y de cientos de miles de personas más. La copia que hallaron en sus manos en el momento que lo apresaron la había comprado horas antes y la utilizó como guía para recorrer los mismos lugares de Nueva York que fueron visitados por el personaje central de la obra. Según declaró horas después de su famoso crimen, una gran parte de él sentía que era como Holden Caulfield, el protagonista del libro; y la otra pequeña parte de él debía ser el mismísimo Demonio. Historias como estas son las que rodean a la obra maestra de Jerome David Salinger, como también la película “El Complot” (Conspiracy Theory), donde el personaje principal fue entrenado por la C.I.A. para ser un asesino y está obsesionado con este libro. ¿Es que acaso leer “El guardián entre el centeno” despierta tus instintos asesinos? ¿Por qué gusta tanto esta novela?

Siempre tuve curiosidad por leer este libro y ver qué tenía de especial. Luego de haberlo leído más de una vez puedo decir con propiedad que de especial tiene mucho. Por todo lo mencionado antes, se podría pensar que se trata de un libro que incita a la violencia, pero en realidad no es así. De hecho, si incitara a la violencia no sería lectura obligatoria en el sistema educativo de los Estados Unidos desde hace mucho tiempo. La novela trata sobre un adolescente, Holden, que siente que no encaja con nada ni nadie y que considera que la sociedad está llena de gente falsa y vacía. En el relato, el joven rebelde es expulsado del internado donde estudia por bajas calificaciones, pero se escapa de allí tres días antes de la fecha final de clases para ir a visitar Nueva York. Durante su estadía en la Gran Manzana, vive una serie de experiencias que lo harán reflexionar sobre el sentido de todo. Está maravillosamente escrito, al punto de que no provoca dejar de leerlo hasta terminarlo (se puede leer en una sola tarde) y está repleto de numerosos detalles por los que vale la pena releerlo una y otra vez, uno de los mejores es el nombre de la obra, el cual se refiere a un poema de Robert Burns que dice: «Si un cuerpo coge (encuentra) a otro cuerpo, cuando van entre el centeno...», ya que en un pasaje de la obra, la pequeña hermana de Holden le pregunta a él qué le gustaría ser, y él le responde citándole ese verso y agregando que al escuchar este poema, siempre se imaginó a un grupo de niños jugando en un campo de centeno al borde de un precipicio, y que a él le gustaría ser un guardián entre el centeno que los protege de caerse por allí. El guardían entre el centeno no es el libro favorito de asesinos solamente, sino también de personalidades como Bill Gates, Winona Ryder, Pete Sampras, Billy Joe (vocalista de Green Day) y muchos otros. Green Day tiene una canción titulada: “Who wrote Holden Caulfield?” y Billy Joel menciona al libro en “We Didn't Start the Fire”.

Este es uno de esos libros que al terminar de leer te gustaría que el protagonista existiese de verdad y que fuese tu amigo, o que te gustaría conocer al autor, ya que algo de él debería haber en la personalidad de su protagonista, ¿cierto? Lamentablemente, J. D. Salinger, quien aún vive, no es una persona digna de conocer. Es un ermitaño quien vive aislado del mundo, no concede entrevistas, no atiende a sus fanáticos y su vida ha sido deprimente. A pesar de la inmensa cantidad de fanáticos que tiene The catcher in the rye, nunca jamás se ha hecho una película sobre el mismo porque Salinger odia a Hollywood y se niega a vender los derechos (cuando muera, los productores de la meca del cine se darán banquete tratando de comprar los derechos a sus herederos). Sin embargo, se han hecho muchísimas películas inspiradas o relacionadas con el famoso libro, como por ejemplo Igby Goes Down¸(Las locuras de Igby); Una Buena Chica (A good girl), en la que Jake Gyllenhaal, el amante de Jennifer Aniston en la película, es aspirante a escritor y se hace llamar Holden; la misma El Complot (Conspiracy Theory); Chasing Holden, en la que D. J. Qualls (Road Trip, The New Guy, el video de “I’m Just a Kid” de Simple Plan) recorre Estados Unidos para ir a visitar a Salinger, y muchas más.

En definitiva, The catcher in the rye es un libro que deja una huella profunda en la mayoría de las personas que lo leen. Se podría argumentar que esto se debe a la forma en la que está escrito, o por la simbología que se utiliza en la obra, o por diez millones de razones más; pero yo diría que la razón fundamental es porque todos tenemos algo de Holden Caulfield en nosotros mismos. En el fondo… todos somos Guardianes entre el Centeno.



“Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield*, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.”

[Párrafo con el que comienza El Guardián entre el Centeno]

* Por si acaso, aclaro que acá se refiere es al libro de Charles Dickens, no al famoso mago ex-novio de Claudia Schiffer.



Canción para acompañar:

* The Beatles - "Eleanor Rigby" (Excelente, como todo lo de ellos)

Película recomendada de la semana:

* "El Complot (Conspiracy Theory)" (1997) [7/10]. Director: Richard Donner. Cast: Mel Gibson, Julia Roberts.

-¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!

-H.G.

20050717

El Mundo Según John Irving


Si por mí fuese, no habría día en el que yo no me levantase tarde. No tanto por perezoso, sino porque es en la mañana cuando más sueño yo tengo. Esto tiene una razón de ser: me cuesta despertarme temprano porque también me cuesta muchísimo dormirme. No importa a que hora me acueste, siempre paso dos o tres horas dando vueltas en la cama antes de lograr entrar en los dominios de Morfeo (excepto, claro está, cuando estoy realmente cansado), y les puedo dar mi palabra de que esto no es nada divertido.

Lo que causa que me cueste tanto dormirme es, en mi opinión, que se me hace muy difícil no pensar en nada. Todo el tiempo tengo varias ideas rondando en mi cabeza simultáneamente. De hecho, algo que siempre detestaba que me pidieran era poner mi mente en blanco porque se dice muy fácil, pero… ¿cómo se hace?, ¿cuál botón debo presionar para que automáticamente palidezca mi mente? Lo que hacía en estos casos era imaginarme a una gran pared blanca que cubriera todo lo posible en mi imaginación. El problema estaba en que debía concentrarme tanto en ese muro para no distraerme pensando en otra cosa, que muchas veces dejaba de prestarle atención a la persona que en primer lugar me había pedido poner mi mente en blanco.

Como me aburría tanto dar vueltas en mi cama sin hacer nada, me creé el hábito de leer por las noches hasta que los ojos prácticamente se me cerraran solos. Igual siempre parte del sueño se desvanecía cuando echaba el libro a un lado y me disponía a dormir de verdad, pero de que me resultaba mucho más fácil dormirme de esta forma no había ninguna duda. Así que desde muy pequeño fui leyendo libros de Kipling, Andersen, y de cuanto autor de cuentos infantiles –y no tan infantiles- pasara por mis manos (hubiese matado por un libro tipo Harry Potter en esta época). Sin embargo, llegaban momentos en los que ya no tenía nada que leer y le pedía a mi mamá que me encontrase algo más. Yo debí atormentarla bastante porque uno de los libros que me dio para leer en una ocasión fue el primer tomo de una enciclopedia llamada: “El Mundo Pintoresco”, en la que cada tomo abarca un continente entero. Leí todo el perteneciente a África y parte del de Europa, por lo que antes de cumplir los 9 años yo estaba lleno de datos inútiles como, por ejemplo, que la distancia más corta entre España y Marruecos es de apenas 15 kilómetros a pesar de estar en dos continentes diferentes y separados por agua, o también que Erik El Rojo descubrió Groenlandia. Hubiese leído los cinco tomos de no ser por el hecho de que me obstiné de hacerlo. A partir de ese momento, decidí buscar yo mismo lo que iba a leer en lugar dejarle esa tarea a mi madre. De todos modos, luego vino la era del Nintendo, las PCs, y –mucho después- de Internet; por lo que dejé de leer tanto como antes. De hecho, durante algún tiempo no leí ningún libro por iniciativa propia sino únicamente los que me obligaron a leer en el colegio.

Sin embargo, poco antes de que empezara mi era universitaria, encontré en mi casa una colección de libros que habían dado lugar a películas que llamó mi atención. Recuerdo haber leído primero el de Thomas Harris del “Silencio de los Corderos”; luego uno de John Le Carré llamado “La Casa Rusia”, cuya película protagonizaron Sean Connery y Michelle Pfeiffer (la verdad es que no recuerdo si me aburrió más la película ó el libro); “Alguien voló sobre el nido del cuco” de Ken Kesey; y no recuerdo cuántos más hasta que llegué a un libro sobre el que supuestamente se había hecho una adaptación cinematográfica con Robin Williams y Glenn Close (que aún no he podido ver), pero con un título que llamó mi atención: “El mundo según Garp”, de John Irving. Hoy en día es mi libro favorito.

Lo mejor de John Irving es su estilo narrativo. Distinto al de cualquier otro. Podría pasar horas describiéndolo, pero no sería la misma cosa. Tienen que leerlo para saber a qué me refiero. Para resumir, sólo voy a decir que es muy sarcástico, ameno y original. Es un narrador por excelencia, incluso un emocionante partido de ajedrez entre dos personas ciegas te podría parecer interesante si fuese narrado por él. Cuando uno termina de leer uno de sus libros, se queda con ganas de leer más.

Para las personas conservadoras, Irving puede no gustarles mucho por lo poco tradicionalista que es y, especialmente, porque la vida sexual de sus personajes siempre tiene un papel importante en la trama de sus novelas. Además, la polémica constantemente está presente en sus obras. En Garp, por ejemplo, uno de los caracteres secundarios es un transexual; en “Hotel New Hampshire”, el protagonista se enamora de su hermana, quien a su vez es víctima de una violación; y en “Princes of Maine, Kings of New England” (no he leído el libro pero si vi la película), uno de los protagonistas es un doctor que practica abortos. Si estos temas no son de tu agrado, entonces lee “A Prayer for Owen Meany”, una excelente novela sobre un niño con problemas de crecimiento pero muy maduro e inteligente, que vive seguro de que Dios lo tiene destinado a ser un héroe. Owen Meany es uno de los personajes más interesantes, completos y complejos que he tenido la oportunidad de leer.

A pesar de no ser tan famoso como Stephen King, Irving es bastante conocido en Estados Unidos, Canadá, Alemania, Austria y Holanda. Muchas de sus novelas han sido llevadas al cine, estas son: “El mundo según Garp” (no he tenido la oportunidad de verla); “The Hotel New Hampshire” (Jodie Foster, Rob Lowe tampoco la he visto); Simon Birch (Ashley Judd, Oliver Platt, Jim Carrey), que está inspirada –no basada- en “A Prayer for Owen Meany”; The Cider House Rules (Sir Michael Caine, Tobey McGuire, Charlize Theron), basada en “Princes of Maine, Kings of New England” y por la que el mismo John Irving ganó un Oscar a mejor guión adaptado; “The Door in the Floor” (Kim Bassinger, Jeff Bridges), que trata sobre la primera mitad de “A Widow for a Year” (la película se llamó “La puerta en el suelo” porque uno de los personajes escribe cuentos infantiles –excelentes, por cierto- y uno de ellos se llama así), y dentro de poco saldrá una película basada en The Fourth Hand, su último libro pero también el que menos me gusta.


Dicen que si quieres escribir, debes buscar un libro o un escritor que sea algo especial para ti y dejarte influenciar lo más que puedas por él. Para mí, ese escritor es John Irving. Gracias a él descubrí cuánto me gusta hacerlo. Si tienen la oportunidad de leer un libro de él, háganlo, no se arrepentirán de conocer cómo es el mundo según John Irving.


Canción para acompañar:

* Counting Crows - "Mr Jones".

* Our Lady Peace - "Where Are You?" (Nuevo single del disco "Healthy in Paranoid Times" que sale el 30 de agosto).

Libros recomendad0s de la semana:

* El mundo según Garp (The world according to Garp).
* A Prayer for Owen Meany (Hasta donde sé, no ha sido editado en español).
* Una Mujer Difícil (el nombre con el que tradujeron a "A Widow for a Year").

Película NO recomendada de la semana:

* "A Love Song for Bobby Long" [1/10] con John Travolta y Scarlett Johansson. No pierdan su tiempo viendo a este somnífero visual.
* "The War of the Worlds" [7/10]. En general, la película no puede decirse que es mala, pero el final es decepcionante (y no me refiero a lo que ocasionó el fin de la guerra).

-¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!

-H.G.

20050604

En el cielo

El retrato de algún famoso para él desconocido colgaba de una pared distante. El sonido de los granos de maíz emocionados por salir de la caldera reinaba en el ambiente. Todos en la cola estaban atentos al momento en el que se abrieran las puertas de la sala para poder entrar. Él no... Él solamente estaba atento a ella.

Le maravillaba que esa chica pareciera absorta en otro mundo, lleno quizás de aves de colores y bailarinas mágicas; y también que de vez en cuando mientras hablaba sola se emocionaba pensando en quién sabe qué cosa. “¡Es de otro mundo!” dijo para sí él cuando, de pronto, la gente comenzó a entrar al recinto donde se proyectaría la película. En medio de la confusión la perdió de vista, por lo que se resignó a no volverla a ver y a buscar dónde sentarse. Le desagradaban los extremos, razón por la cual buscó un puesto en el medio, ni muy arriba ni muy abajo, ni muy a la derecha ni muy a la izquierda, sencillamente en el medio. Fue un milagro que lograse sentarse sin derramar una sola gota de su bebida mas no pudo evitar que se le cayeran unas cuantas golosinas. Aun se estaba acomodando en su silla cuando escuchó a alguien preguntarle: “¿Está ocupado ese asiento?”. Para su sorpresa era ella, y sin saber cómo, encontró la manera de responderle que estaba libre.

La joven de otra galaxia se sentó entonces a su lado. Tenía mucha gracia y estilo, de eso se había percatado él desde el principio y lo confirmaba ahora mientras la veía ponerse cómoda en su asiento a la vez que en su mente sonaba una y otra vez una canción de Goo Goo Dolls. La función estaba a punto de comenzar, pero en ese momento a él le importaba poco si no empezaba nunca.

De reojo, una vez iniciada la película, él la observaba calladamente. Ella tenía su cabeza inclinada un poco hacia delante y los ojos bien abiertos, como para no perderse ningún detalle de lo que ocurría en la pantalla. De lo que él no se perdía ningún detalle era de lo que ocurría a su lado, porque no podía dejar de mirarla. Inclusive cuando ella se levantó para ir al tocador él la observó alejarse y le dio risa que sin querer pisara a una señora unos cuantos puestos más a la izquierda. Aún cuando cometía una torpeza, la chica conservaba intacta su gracia. “¿De verdad todo es tan perfecto?”, se preguntaba incrédulo el joven mientras ella estaba ausente. Algo debía estar mal, porque a él no se suponía que le pasaran estas cosas. “¿Será que morí mientras dormía y ahora estoy en el cielo?”, pensó, y decidió entonces averiguarlo contando los números sin respirar: “Uno, dos tres…, ocho, nueve, diez…, diecinueve, veinte, veintiuno, ¡Ya!”, dijo mentalmente. Se alegró de haberse quedado sin aire, porque eso significaba que aun estaba vivo, todo era real. Mas no había terminado de asimilarlo cuando regresó la causa de su estupefacción. “¿Me perdí de algo bueno?”, le interrogó apenas se sentó, pero él no sabía la respuesta: había estado demasiado concentrado en averiguar si estaba vivo como para saber qué había ocurrido en la película. “No, nada”, fue lo único que se le ocurrió decirle, y ella se limitó entonces a darle las gracias.

Y la canción de Goo Goo Dolls sonaba ahora más fuerte en su cabeza. Y la imagen de ella seguía formándose cada vez más frecuentemente en su retina. Todo continuó de la misma forma el tiempo que duró la proyección. Él estaba consciente de que si quería saber lo que ocurría en la película tendría que volverla a ver otro día.

Cuando acabó todo, ella se levantó de su sitio para dirigirse hacia la salida. Él la siguió poco después. La acompañó todo el tiempo en el que sus caminos fueron paralelos, mas no tuvo más remedio que verla partir cuando tomó un rumbo totalmente diferente al que él debía tomar. Pronto la dama desapareció, y él tuvo que conformarse con observar la imagen de ella que le había quedado grabada en la memoria. Estaba vivo, ahora más que nunca se daba cuenta... pero no había estado en el cielo después de todo.

Canción para acompañar:

* Goo Goo Dolls - "Iris"

And I'd give up forever to touch you
'Cause I know that you feel me somehow
You're the closest to heaven that I'll ever be
And I don't want to go home right now

And all I can taste is this moment
And all I can breathe is your life
'Cause sooner or later it's over
I just don't want to miss you tonight

And I don't want the world to see me
'Cause I don't think that they'd understand
When everything's made to be broken
I just want you to know who I am

And you can't fight the tears that ain't coming
Or the moment of truth in your lies
When everything feels like the movies
And you bleed just to know you're alive

And I don't want the world to see me
'Cause I don't think that they'd understand
When everything's made to be broken
I just want you to know who I am

Película recomendada:

* "Spanglish" (2004) [9/10] Director: James L. Brooks. Cast: Adam Sandler, Tea Leoni, Paz Vega.

-¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!

-H.G.

20050507

Le Moulin de la Galette



El sombrero de uno de los caballeros que baila amenaza con caerse en cualquier momento. Su pareja se ríe mientras él hace lo imposible por evitarlo. Las notas de una canción festiva se encargan de amenizar tanto la tarde como los pies de una de las pocas jóvenes que aún se encuentra sentada en su mesa. Se muere porque la saquen a bailar, pero nadie hasta el momento se ha ofrecido a hacerlo. De pronto, noto la sombra de los árboles sobre la pista de baile, especialmente sobre la pareja del inquieto sombrero. Me doy cuenta entonces de los grandes robles que tengo detrás y poco a poco giro mi cabeza para poder apreciarlos en su magnitud otorgando generosamente un poco de su sombra a las mesas del café. Uno de ellos está repleto de aves de colores, que lo adornan como ningún decorador podrá hacerlo jamás. Bajo él, un pintor visiblemente feliz traza esbozos en su lienzo de lo que sin duda será una gran obra de arte. Su nombre: Pierre Auguste Renoir.

Cosas así son las que pasan por mi mente cada vez que observo "Le Moulin de la Galette", obra maestra de quien es mi pintor favorito y una de las máximas figuras -junto a otro grande: Claude Monet- del movimiento impresionista. Escribo sobre esto no porque sea la semana cultural del blog, ni porque pretenda convertirlo en uno educativo; sino porque básicamente se me antojó hacerlo, mas si desean una razón más formal, puedo utilizar entonces como excusa que entre el pasado 15 de abril y el próximo 15 de mayo se están cumliendo 131 años de la primera exposición impresionista, aunque para ese entonces aun no eran conocidos con ese nombre. Como dato curioso -e inútil-, les puedo decir que en esta exposición Monet presentó una obra titulada "Impresión Sol Naciente", y un periodista crítico de arte de nombre Louis Leroy se valió de esto para denominarlos, despectivamente -ya que eran mal vistos por los académicos de entonces-, como "impresionistas". Leroy terminó haciéndoles un favor porque les gustó tanto este término a los pintores que decidieron llamar así a su movimiento.

¡Sí! Me gusta la pintura, especialmente el Impresionismo. ¡No!, no soy homosexual ni aprendiz de pintor (lo hago muy mal de hecho, gracias a mi diestra mano izquierda), simplemente me gusta y ya, así que aquellos que sean amantes de los estereotipos permítanme decirles entonces que están en el blog equivocado. No sé nada sobre la técnica que utiliza determinado artista en sus obras, ni sobre la perfecta geometría utilizada para la puesta en escena de tal cuadro, sencillamente me gusta la pintura para admirarla y para imaginarme cosas como las que describí antes, no para analizarla al detalle. Es por esto que me gusta tanto el Impresionismo.

En este género, se sacrifica la forma para darle protagonismo a la luz, por esto las imágenes se forman es en la retina del espectador ya que las obras son simplemente trazos de colores puestos unos con otros. Esto los diferencia de los que sólo se dedicaban a plasmar lo que veían con sus ojos en el lienzo como si fuese una fotografía (sin ánimos de restarle méritos a estos). Sin embargo, lo mejor de este movimiento es su temática alegre, por algo son llamados también "positivistas". De hecho, el único cuadro trágico de esta tendencia pictórica que recuerdo ni siquiera es una obra impresionista como tal -ya que fue pintado 80 años antes de que naciera el movimiento-, pero si es considerada una de las precursoras: "El 3 de mayo de 1808 en Madrid" de Francisco de Goya.

Para admirar y echar a volar tu imaginación, nada mejor que una obra de Renoir. Podría pasarme horas explicando por qué, pero no tendría el mismo efecto que si van ustedes y admiran su obra por ustedes mismos. Mis favoritas de él son: "Almuerzo de Remeros" -que es la que utilizan en la película "Amélie" (¿no es perfecta esta película?)-, y "Le Moulin de la Galette". Si sólo pueden ver una obra de Renoir en sus vidas, pues que sea entonces esta última. Le Moulin de la Galette era un molino abandonado que hacía de café y adonde asistían los bohemios parisinos de finales del siglo XIX. Tal vez ahora no parezca gran cosa, pero en esa época únicamente se pintaban: obras religiosas, retratos, paisajes, hechos históricos y la naturaleza muerta. Un cuadro sobre un evento social de la vida cotidiana era simplemente inconcebible, pero no sólo Pierre Auguste Renoir lo hizo, sino que además logró capturar el ambiente del lugar en la obra perfectamente. En cualquier sitio web sobre arte podrán encontrar una explicación sobre por qué es tan genial esta pintura, pero en muy pocos -por no decir ninguno- destacan un pequeño detalle que es para mí el que separa a este cuadro del resto: el efecto de la luz al pasar a través del follaje de los árboles. Este efecto parece algo trivial, ni siquiera nos percatamos de su existencia, damos por sentado que está allí y la verdad es que esta obra igual sería excelente si Renoir hubiese obviado este detalle. Pero él no lo ignoró por algo, él sabía la importancia que tenía. No sólo le da un toque de realidad a la obra, sino que además te permite tener casi una visión de 360° del lugar, cuando volteas la cabeza en tu imaginación y puedes observar los árboles que tienes detrás. Si creen que este efecto es común en la pintura, les reto a encontrar otras obras que lo tengan. Yo ya me tomé este trabajo en una materia sobre arte que vi en la universidad, y aunque no revisé absolutamente todos los cuadros habidos y por haber, sí revisé muchos de, entre otros: Rembrandt, El Greco, Tiziano, Picasso, Matisse, Degas, Cézanne, Velázquez, Monet, Goya y del mismo Renoir; y sólo conseguí el detalle que buscaba en cinco pinturas. Dos de ellas son de Monet y adivinen de quién son las otras tres. ¿Casualidad que hayan sido de los dos genios del impresionismo? No lo creo. Las otras obras de Renoir donde se aprecia el efecto de la luz al pasar a través de los árboles son: "Desnudo al sol" y "El Columpio".

Para hacer "Le Moulin de la Galette", Renoir hizo muchos sacrificios, como gastar todos sus ahorros en alquilar una mansión situada en frente de este café durante el tiempo que tardó en pintarla, pero valieron la pena. Quedó en la ruina, mas no sería en vano ya que él llegó a ser reconocido como el genio que era estando vivo y recibió muchos premios y condecoraciones. Como legado, nos dejó más de 6.000 obras (necesitas pintar al menos una obra al día durante 17 años para alcanzar esta cifra) y amaba tanto a la pintura, que en sus últimos años hacía que le amarraran pinceles en los brazos (debido a una enfermedad no los podía sostener) para poder seguir pintando. Ante todo esto, sólo nos queda quitarnos el sombrero y decirle: "Gracias".

Cuando tenga mi propia casa, la voy a forrar de obras impresionistas -reproducciones, ya que a menos que pronto descubra que mi verdadero padre se llama Bill Gates y es dueño de Microsoft, veo un poco difícil poder adquirir los originales (Le Moulin de la Galette fue en el momento de su última subasta la obra más costosa del mundo)-. Más que todo tendría obras obviamente de Renoir, pero también de Monet, algunas bailarinas de Degas en las habitaciones, los girasoles de van Gogh tal vez en la cocina, y muchas otras obras más que me permitirán relajarme adentrándome en su mundo.

El sombrero del caballero que bailaba al final terminó de caerse, pero no le importó. Después de todo, estaba pasando un buen rato bailando y divirtiéndose en un lugar que pronto pasaría a la posteridad.

"La obra de arte debe cautivar al observador, envolverle, arrastrarle. En ella comunica el artista su pasión; es la corriente que emite y por la que incluye el observador en ella".

"Yo pongo ante mí el objeto tal y como yo lo quiero. Entonces empiezo y pinto como un niño. Me gustaría que un rojo sonara como el tañido de una campana. Si no lo consigo la primera vez, tomo más rojo y otros colores, hasta que lo tengo. No soy más listo. No tengo más reglas ni métodos. Cualquiera puede probar el material que uso o verme mientras pinto: se dará cuenta de que no tengo secretos".


[Pierre Auguste Renoir]

Canción recomendada de la semana:

* Waking Ashland - "Red Cars"

Película recomendada de la semana:

* "Closer" (2004) [8/10] Cast: Natalie Portman, Clive Owen, Julia Roberts, Jude Law.

-¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!
- ¡Feliz día de las madres!

-H.G.

20050401

Un Rayo de Luz en la Oscuridad

La primera vez que supe que quería ser médico, tenía aproximadamente 4 años y mi dentadura de leche todavía intacta. "¡Me gustaría que cuando crezcas estudies medicina!", me dijo entonces mi madre mientras me ayudaba a vestirme; y prácticamente a partir de ese momento, mi respuesta a esa pregunta que una y otra vez le realizan a todos los niños en cualquier parte del mundo -¿Qué quieres ser cuando seas grande?- fue: Neurocirujano.

La primera vez que supe que no quería ser médico, tenía aproximadamente 15 años y mis inseguridades todavía intactas. Acababa de ver un reportaje sobre unos médicos que se desvivían por sus pacientes y que me hizo pensar sobre si yo podría hacer lo mismo. Lo cierto es que, aunque quisiera, yo no me levantaría a las 2:00 A.M. para ir a atender a un paciente, ni sería capaz de sacrificar momentos importantes con mi familia por realizar operaciones de emergencia. Además, mi profesor de Biología de 3er año me había provocado cierta repulsión hacia las cosas que podría encontrarme en los hospitales gracias a sus numerosas clases sobre anomalías genéticas; así que... ¿a quién iba a engañar? Yo no quería ser médico. La palabra Neurocirujano fue prontamente sustituida por un No Sé.

Desde entonces nunca estuve 100% seguro de qué estudiar. Dicen que si eres buen estudiante, tienes todos los caminos abiertos para estudiar cualquier cosa que se te antoje. Sin embargo, yo diría que es todo lo contrario: sólo puedes escoger entre aquellas carreras de cierto prestigio que, supuestamente, te permitirán adquirir cierto nivel socio-económico una vez que te gradues, porque de lo contrario, estarías "desperdiciando todo tu potencial". Tanto es así que, en los momentos en que tienes que tomar una decisión, ni siquiera consideras seriamente aquellas carreras típicamente asociadas con morirse de hambre. Llegas a internalizar que estas no son una opción. Aunado a esto, de elegir una carrera de poco "prestigio", todos te mirarían raro y dejarías de contar con el apoyo de tus padres -si es que sobreviven al infarto ocasionado-, por lo que el camino sería mucho más duro. Tal vez de haber tenido realmente libertad para elegir (y mucha menos presión), la decisión de cuál carrera estudiar hubiese sido mucho más fácil.

Decidí estudiar Ingeniería Electrónica por todas las razones equivocadas, pero en mi caso, no fue que estudié algo queriendo estudiar otra cosa. Yo no tenía idea de qué quería e Ingeniería era lo más cercano entre mis reducidas opciones. Seguí esta carrera porque tenía que ver con números, lo cual me gustaba; era muy difícil, lo cual en cierto modo me motivaba; y porque de esta manera podría aprender cómo se hacían y diseñaban los aparatos electrónicos, los cuales siempre habían atraído mi atención. No era lo que mi mamá quería que estudiara, pero de todas formas lo aceptó. Lamentablemente, cómo se hacen y se diseñan los aparatos electrónicos no me gustó mucho que digamos, de la misma forma que no me gustó cerca de la mitad de la carrera. Por suerte, la Ingeniería Electrónica abarca muchas más cosas y algunas de ellas en realidad me agradaron. Tuve la fortuna de, ahora que me gradúe, encontrar empleo en una de las pocas áreas de mi carrera que me agradaron.

En estos últimos años, pude analizar ya sin presión cuál hubiese sido mi profesión ideal, y llegué a la conclusión de que me hubiese encantado ser director de cine y hacer películas. Sin embargo, creo que de haberlo sabido en aquel momento igual hubiese estudiado ingeniería, ya que en este país no sólo carece de prestigio estudiar cine, sino que también carece de futuro. ¡Seguro!, hay organismos que te enseñan algunas cosas y hasta te patrocinan proyectos si tienes mucha suerte (y contactos); pero a mi me hubiese gustado estudiarlo como es debido, de la mejor manera posible y con múltiples oportunidades para explorar mis ideas cinematográficas luego; cosa que sólo hubiese sido factible en otro país (léase USA) y ya eso estaba fuera de mi alcance.

Sin embargo, hay una cosa que después de dirigir películas, es lo que más me hubiese gustado hacer: escribir. Desde luego, también me hubiese fascinado ser Rock Star, goleador de un mundial de fútbol, o ganar el Cy Young de la liga americana de la MLB; pero al menos para escribir descubrí que no soy tan malo. Todo sucede por una razón, y a lo mejor lo indicado para mí fue no estudiar Letras ni nada relacionado con el tema, ya que así no se me fue inculcado ningún paradigma literario como por ejemplo: "Por razones de estilo, evita en lo posible utlizar gerundios". ¿A quién se le ocurrió que es de poco estilo utilizar gerundios si son parte de nuestro lenguaje cotidiano? Seguramente esta regla su motivo tendrá, pero por razones como esta es que pienso que como ingeniero, tengo algo a mi favor a la hora de escribir: puedo hacerlo libremente, sin seguir patrones ni reglas más allá de la simple gramática y ortografía -que no siempre sigo tan bien como quisiera-; por lo que puedo escribir gerundios cuando se me antoje si considero que así hago más ameno lo que esté "escribiendo".

Posiblemente nunca llegue a vivir de escribir, mas eso no es lo importante. Lo importante es que descubrí que me divierto haciéndolo y que, afortunadamente, a algunas personas hasta les llega a gustar lo que escribo. Si ya has desechado la esperanza de encontrar algo que realmente te agrade o te motive en tu vida, pues no lo hagas: nunca es tarde para encontrar un rayo de luz en la oscuridad.

Canción recomendada de la semana:

* Forty Foot Echo - "Brand New Day"

Película recomendada de la semana:

* Secondhand Lions


- ¡Qué disfruten sobrevivir una semana más!

-H.G.

20050323

Santa Semana

Contar los 4.268 listones de madera que había en el machihembrado nunca fue excitante, pero los primeros tres intentos de hacerlo lograban al menos distraerme. El reloj en el fondo se movía tan lento que siempre creí que las agujas giraban en sentido antihorario. Dos puestos más adelante, un anciano buscaba todo el tiempo la forma de disimular quedarse dormido, mientras una madre en el banco a mi izquierda luchaba por hacer que su pequeño hijo se levantara del suelo.

Un soplo de aire -que bastante falta hacía- llegaba de vez en cuando desde una de las puertas laterales que daba hacia la calle, trayendo consigo los sonidos de los niños que jugaban a lo lejos en una plaza. Los envidiaba por ser libres en ese momento mientras yo tenía que soportar lo tedioso de la ocasión. Además, la pésima calidad del sistema de sonido junto a las reverberaciones que se producían por doquier hacían casi imposible entender lo que el Padre intentaba decir desde su púlpito. Algunas personas tenían cara de que lograban descifrar claramente las palabras que llegaban a sus oídos y hasta parecía que les interesaba lo que escuchaban, pero yo nunca supe cuál era el método secreto para hacerlo. Me hubiese gustado conocerlo... tal vez así me habría aburrido un poco menos.

Esto se repetía en cada misa dominical que no lograba evadir. Sin embargo, muchas veces no era necesario entender el sermón para saber más o menos de qué se trataba. En Semana Santa, por ejemplo, cada sermón seguramente era uno de esos que comenzaba con la frase: "Semana Santa es una época para la reflexión... ", y que luego se extendía sobre este tema. Cada discurso realizado en ó para esta particular semana comienza de esa manera. Lo interesante de esa frase es que no está reservada únicamente para el clero, sino que también la utilizan editoriales de periódicos, miles de artículos de opinión y hasta gobernantes en sus mensajes para llamar a la precaución de los viajeros. Lo curioso de la frase, es que el 10% de los que la predican realmente reflexionan en Semana Santa, y mucho menor es el porcentaje de los que la escuchan y la practican. Lo cierto es que no debería ser Semana Santa la época para reflexionar, sino cada día del año; aunque entiendo que a lo que se refieren es a meditar sobre Jesucristo y todo lo que se conmemora en la Semana Mayor.

Lo que me causa gracia es que hasta se deja de trabajar en esta época para que la gente pueda realizar sus prácticas religiosas libremente, pero las únicas prácticas que en verdad realizan son las recreativas (y no los culpo, yo sé lo aburrido que puede llegar a ser esa otra opción). Son especialmente graciosos los mensajes que ya mencioné de los gobernantes para que los que van a viajar lo hagan con la prudencia debida. En estos días leí uno que comenzaba de la forma que ya expliqué para al final dar las recomendaciones típicas de no correr, no beber mientras conduces, etc. ¿Por qué mejor no se ahorran la nada original oración inicial y van directo al grano? Dudo mucho que los viajeron vayan a sus respectivos destinos con la intención de reflexionar sobre la Semana Santa. ¿Acaso es coherente que un turista en medio de la playa, con una piña colada en la mano y una mujer en bikini en frente diga: "¡Vamos a meditar sobre la pasión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo!"? De los que de verdad van a reflexionar en esta semana, muy pocos van a viajar; y aquellos que viajarán y desean meditar sobre motivos religiosos, pues dudo mucho que busquen palabras de aliento en trípticos gubernamentales.

Son cosas como estas las que me recuerdan lo ilógico que puede llegar a ser a veces la lógica de muchas personas. ¿O soy yo el incoherente?

En cuanto a las tediosas misas dominacales, poco a poco fui dejando de ir cada semana, a pesar de la insistencia de mis padres. No tengo nada en contra de las personas que se apasionan por la "celebración de la Eucarastía", pero esto no es algo para todo el mundo. Yo creo en Dios, mas pienso que cada quien debería demostrar su fé a su propia manera. ¡Ojala algún día la humanidad pueda llegar a esta conclusión y deje de matarse por causas religiosas! Por ahora, veo lejano ese día.

Canción recomendada: Lifehouse - "Hanging by a moment".

Película recomendada: "The Passion of the Christ". Muy cruda, pero con una muy buena dirección poco común en este tipo de películas. Aclaro que no soy fanático de las películas religiosas.

- ¡Qué disfruten sobrevivir una Semana Santa más!

-H.G.

20050305

Ocho Tartaletas de Fresa y una Perenne Sonrisa

En sus bolsillos probablemente no había más que unos cuantos billetes de no muy alta denominación. En sus manos, una cesta llena con pequeñas tartaletas de fresa, mora y piña que su esposa había hecho el día anterior. El sólo hecho de tener que pasar todo el día llevando sol en la poco gratificante tarea de vender dulces caseros ya sería suficiente para pasar todo el día amargado y de mal humor. Por lo menos ese sería mi caso, pero no para él. En su rostro sólo había lugar para una perenne sonrisa...

Con: "¡Buenos días!", "¡Buenas tardes!" ó "¡Buenas Noches!", siempre saludaba educadamente según fuera la ocasión y sin importar lo duro que haya sido ese día. "¿Qué vendedor de dulces han visto ustedes que haiga venido a ofrecerles una ñapa?", solía ser siempre como comenzaba su recurrente discurso ante cada posible comprador. "¡Ninguno! ¿verdad? ¡La ñapa ya no existe! ¡Eso se acabó!", se respondía a si mismo, para luego agregar con orgullo esperando sorprender a todos -como si nadie se lo esperase ya-: "Pues... ¡yo sí les voy a dar la ñapa! ¡Sí señor! Lleve su paquete de siete tartaletas de fresa, mora y piña y además se lleva la octava: ¡de ñapa!". Ya para entonces uno creía haber retrocedido a los años 40 y que en cualquier momento en lugar de cobrar centenas o miles de bolívares, comenzaría a pedir lochas, reales o medios.

"Señor, yo no tengo para comprarle nada en este momento, pero ¿podría regalarme una tartaletica?", le dijo apenada una señora mayor que pasaba cerca. El vendedor con la sonrisa en el rostro la mira y le dice: "¿Qué si le puedo regalar una tartaletica? ". Lo lógico era esperar que, cortésmente, le negase la petición porque después de todo, esos dulces de harina son los que le permiten ganarse la vida y la de su familia, y no es que precisamente le permitían ganarse una muy buena como para estar regalándolas por ahí. Sin embargo, para sorpresa de los presentes, le responde a la señora: "Mi nombre es José Gregorio Hernández, como El Venerable. ¡Claro que sí le puedo regalar una tartaletica!". Desconozco si el tartalatero poseía las virtudes de santo que muchos atribuyen al médico que llevaba su mismo nombre, pero sin duda que el gesto que tuvo con la señora fue sencillamente venerable. ¿Cuántas personas no hay que lo tienen todo y no obstante son incapaces de obsequiar nada? En cambio, este señor que sólo tiene tartaletas para vender es capaz de regalar una de ellas sin esperar nada a cambio, simplemente para seguir lo que dictamina su conciencia y no su bolsillo. Es posible que el José Gregorio Hernández vendedor de dulces caseros carezca de una educación apropiada, y es posible también que él y su familia lleven una vida sin ninguna clase de lujos; pero podría apostar con los ojos cerrados que es más feliz que la gran mayoría de las personas que conozco, yo mismo incluído.

El mismo hecho de carecer de muchas cosas le ha permitido darse cuenta que son los pequeñas cosas en la vida las que constuyen los grandes momentos que vives. Le ha permitido apreciar que la éxpresión de alegría de la señora mayor al recibir la tartaleta gratis, al final terminará siendo más valiosa que todo el dinero que pudo ganar ese día, cuando ya entrada la noche y sobre su cama pueda cerrar los ojos con la satisfacción de saber que hoy pudo hacer feliz a alguien. Nuestra naturaleza de por sí es ser inconformes: mientras más tenemos más queremos, mientrás más ostentosa es nuestra vida, más lujos deseamos tener. Y en medio de tanto lujo y tanto deseo de poseer más: ¿En qué momento nos damos cuenta de todo lo felices que nos puede hacer un gesto como regalar una tartaleta de fresa? No tiene nada de malo aspirar a cosas mejores, todo lo contrario... pero con eso sólo lograremos tener una vida más cómoda, que no necesariamente significa una más feliz. ¿Alguna vez se han detenido a pensar en que es posible ser felices con mucho menos de lo que ya tienen?

La humildad es un raro don que nada tiene que ver con tu cuenta bancaria. Es un don que muchos deberíamos tener pero que muy pocos tienen la fortuna de poseer. No hace falta vivir en la austeridad para percatarte del valor real de cada cosa, para tomar conciencia de que no es necesario ganar lo máximo posible, sino ganar suficiente... todo lo demás forma parte de la ñapa.

El vendedor de tartaletas está cansado, pero sigue su camino en busca de nuevos posibles clientes. A mí no me queda otra que continuar con el mío, ahora endulzado por ocho tartaletas de fresa y una sonrisa, esta vez, la mía propia.


"La vida es una larga lección de humildad". James Matthew Barrie.


Canción recomendada de la semana: 3 Doors Down - Be Like That

Película recomendada de la semana: Amélie.


- ¡Qué disfruten sobrevivir una semana más... y de la ñapa!
- H.G.

20050219

Un globo de helio en el cielo

Un vendedor de globos de helio se ve rodeado repentinamente de niños deseosos de comprarle uno. Mientras lo veo, recuerdo cuando yo también era uno de esos niños. No sé por qué uno siempre quería tener uno de estos globos, supongo que porque flotan en el aire; pero si te pones a ver, ¿qué tiene de divertido sostener un globo de helio en la mano al cabo de cinco minutos?

Recuerdo que imaginaba que si compraba muchos de estos globos yo podría volar también, pero eso nunca pasó. Recuerdo además que cada vez que llevaba uno para mi casa hacia todo lo posible por evitar que se le escapara el gas que lo hacia flotar, pero nunca lo logré. Lo que sí lograba más a menudo de lo que hubiese querido, era verlos desaparecer en el cielo luego de que se me soltaban de las manos. ¿Adónde iban esos globos? La inocencia infantil me hacía creer que las esferas de goma podían vencer a la atmósfera y llegar al espacio exterior, y que tal vez todas llegaban a la luna o a algún planeta fantástico repleto de todos los globos que alguna vez se escaparon de las manos de los niños en La Tierra.

Mientras rememoro todo esto me doy cuenta de que extraño ser un niño, y es irónico, porque cuando eres un niño lo que quieres es crecer y ser tratado como un adulto. Tanto esforzarse por crecer antes de tiempo para que cuando por fin lo lograste, desees ser un niño de nuevo. ¿A quién no le gustaría que su mayor problema fuese evitar que se escape el gas dentro de un globo o averiguar si existe un planeta lleno de estos? Todo esto me pone a pensar que probablemente dentro de 20 años estaré deseando tener 23 de nuevo, y que ese es el destino de todo ser humano: nunca disfrutar del momento que se vive por estar sumergido en el pasado o en el futuro.

A uno de los niños que veo jugar con su globo de helio se le escapó este de las manos. Y veo como contempla a su antiguo globo elevarse hasta que su imagen se desvanece entre el azul del cielo. ¿Estará viendo desvanecerse también a un poco de su inocencia? Si pudiera darle un consejo sería este: ¡disfruta el momento!.


Canción recomendada de la semana: Feeder - Helium
Película recomendada de la semana: Goodbye Lenin


- ¡Qué disfruten sobrevivir una semana más... y del momento!

-H.G.