20081123

Ofelia y Ezequiel

Tomó su mano y apretó sus dedos.

No quería verla llorar.

“¡Sigo aquí!”, quiso decirle, pero sabía que ella no podía escucharlo. También sabía que ella no podía sentir lo que sus manos querían hacer.

Él miraba llorar a su amada, y ella veía la imagen distorsionada de lo que había más allá de la ventana. Todo era confuso a través de sus lágrimas, las cuales segundo a segundo resbalaban por sus delicadas mejillas y se dispersaban en la cama. Él deseaba poder atraparlas y conservarlas como pequeños tesoros que le enriquecieran el alma. Lo único que podía hacer, no obstante, era observarla llorar.

“¡Te amo, Mi Cielo!”, le gritó con todas sus fuerzas… en silencio. Justo en ese momento, ella le miró a los ojos. Se sorprendió al notar lo vivos que estaban, y sintió que él le hablaba a través de ellos. Por primera vez en su vida, ella tuvo una conversación sin decir palabra.

“¡Te quiero tanto como lo hice el primer día! ¿Lo recuerdas?”, le dijo el hombre a quien ella tanto adoraba, y, acto seguido, la transportó a aquella lejana tarde de mayo en la que su corazón renació y su soledad moría.

Él contemplaba absorto a los peces en el lago. Apoyado sobre la baranda del puente, se maravillaba ante la diversidad de colores de los pececitos y la agilidad con la que estos se movían. No esperaba escuchar de pronto el característico sonido que produce el obturador de una cámara. Mucho menos, contaba con que a su lado iba a encontrar a la chica más hermosa que en su vida había visto tomando fotografías.

“¿Sabes? ¡No me gustan los paparazzis!”, le comentó con actitud arrogante.

“¡Disculpa?”, exclamó la joven, haciéndose la que no había entendido.

“¡Oh, perdona! Es que pensé que eras una de ellos”, le aclaró el presumido chico. “Estoy tan cansado de que me persigan los paparazzis que ya estoy paranoico”.

“¡Sí, sí, entiendo cómo te debes sentir!”, le dijo la fotógrafa, siguiéndole la corriente. Luego agregó: “Si quieres (para que no pierdas la costumbre), te puedo tomar una foto para un reportaje sobre animales que estoy haciendo”.

Él se sonrió. Sabía que la forma como ella le había devuelto el juego le había conquistado. ¿Qué más podía pedir que una mujer segura, con sentido del humor y rapidez mental? Como no tenía una manera elegante de responderle a la forma tan sutil con la que ella le había llamado “animal”, prefirió, por lo tanto, continuar la charla por otra vía: “¿Eres entonces una periodista?”.

“Realmente, no”, le explicó ella. “Ni siquiera soy fotógrafa. Tan solo soy una aficionada”.

“Pues fíjate que yo sí soy un reportero gráfico”, le replicó el Don Juan del parque. “Laboro para un diario sensacionalista y mi trabajo consiste en capturar imágenes de OVNIs”.

“¡Ah, sí? Me imagino que por eso estás aquí ahora: esperando por si aparece alguno”, le comentó la chica.

“Así es, pero no creo que vaya a tener suerte hoy. Ellos nada más aparecen cuando llueve y hoy el día está muy soleado”, le respondió el ‘reportero gráfico’.

“¡Qué lástima entonces!”, exclamó la muchacha.

“¿Sabes una cosa?”, preguntó ahora él. “Antes me encantaba mi trabajo, pero hoy descubrí que hay uno muchísimo mejor”.

“¿Sí? ¿Cuál?”, le inquirió ella.

“¡Pasar todo el día fotografiándote a ti!”, afirmó el chico.

Ella no se esperaba un comentario tan sincero y, al mismo tiempo, osado de su parte. El chico, en un primer momento, le había parecido muy arrogante para su gusto, mas ya no estaba tan segura de eso. Ruborizada, apenas le pudo contestar: “No creo que sea un buen trabajo: ¡no deben pagar mucho por imágenes mías!”.

“¿Y quién dijo que yo querría venderlas?”, velozmente le refutó él. Fue en ese instante cuando ella supo que estaba perdida. ¡Que la habían conquistado y que ya nada iba a poder hacer al respecto! Sintió que podía besarlo en ese preciso momento. ¡Nunca había estado más contenta de estar viva!

Aún se encontraba la joven meditando sobre lo que sentía, cuando su interlocutor la interrumpió diciéndole: “Por cierto… ¡un placer, me llamo Ezequiel!”.

“¡Mucho gusto, me llamo Ofelia!”, le respondió nerviosamente ella.

Fueron entonces a tomarse un café… y luego otro, y uno más después de ese. Hablaron durante horas de todos los temas imaginables y algunos más. Vivieron una velada sin igual, y por primera vez en sus vidas, se sintieron… completos. No sin antes intercambiar sus teléfonos, se levantaron de la mesa para volver a sus respectivos hogares.

Caminaron juntos hasta la salida del parque. Uno al lado del otro. Al mismo paso… al mismo ritmo.

Ezequiel tomó su mano y apretó sus dedos.
Acarició su rostro y besó sus sueños.
Vio a la felicidad en sus ojos y se vio a sí mismo en su mirada.
Mordió sus labios y atrapó sus anhelos.
Susurró su nombre y gritó sus deseos.
Recorrió su cuello y se recreó en sus cabellos.
Jugó con su sonrisa y le otorgó un suspiro.
Abrazó su aroma y le obsequió una ilusión.
Vivió un instante y lo conservó… toda su vida.

“¡Nunca me olvides!”, le dijo a Ofelia a través de su mirada mientras volvían al presente. “Pero tampoco te quedes atrapada en este momento. ¡Sigue adelante y vive tu vida!”.

Ofelia asintió con su cabeza y decidió besar a su esposo. Veinte años antes, había sido un beso lo que había iniciado la historia de ambos. Ahora, ella sabía que sería ese beso el que le pondría un punto y final. Oprimió delicadamente sus labios contra los de Ezequiel. Lo hizo suave y pausadamente. Él no podía sentir lo que ella le hacía, pero se valía de sus recuerdos para vivir a plenitud ese momento. Lo disfrutaba segundo a segundo, porque sabía que cuando ella retirase sus labios y los alejase de él, se llevaría consigo también a su último aliento de vida.

A la par que una lágrima suya le recorría el rostro, Ofelia tomó las manos de su esposo… y apretó sus dedos.

20081103

Terror en Puerto Claro

De acuerdo con su ex-novia, Aurelio siempre fue un suicida en potencia. "¡Cuando jugábamos en la piscina, le gustaba sumergirse en el agua hasta casi ahogarse!", solía contarle a los periodistas sensacionalistas que le inquirían sobre su antiguo pretendiente. "Además, siempre hablaba sobre la muerte y de cuánto le gustaría saber qué había en el más allá", añadía. Por todo lo anterior, resulta de lo más irónico que la única persona que no se quitó la vida de entre el grupo de 6 estudiantes que decidieron acampar durante un fin de semana en el bosque, fuese el propio Aurelio.

Cuando lo hallaron, un día después de la fecha en la que tenían planeado volver a casa, lo consiguieron en una fosa de unos 3 metros de profundidad y uno de diámetro, sumamente débil, con cara, brazos, y piernas totalmente arañados, y con un destornillador en sus manos. En el mismo lugar, encontraron otras 5 fosas cuyos ocupantes no corrieron con la misma suerte que Aurelio. Todos estaban arañados, pero ninguno estaba con vida. Por esta razón, la asunción general del pueblo de Puerto Claro -y de sus oficiales-, era que el chico que aún estaba vivo había asesinado a sus compañeros. Esa era la única conclusión lógica posible.

Cuatro días estuvo el supuesto homicida inconsciente en el hospital, tiempo durante el cual salieron a relucir muchas incongruencias sobre el caso. Por ejemplo, en ninguna de las fosas encontraron una sola huella dactilar que no perteneciera a la víctima que allí había sido encontrada. Los mismos cadaveres no mostraban rastro alguno que evidenciara la presencia de alguien más en la fosa correspondiente. Tampoco en las armas que habían sido usadas para cometer los crimenes.

El hecho de que cada uno de ellos había sido asesinado de una manera distinta, era una de las cosas que más había alarmado a la gente. De los seis estudiantes, dos eran mujeres: una murió asfixiada con una bolsa en la cabeza, y la otra murió debido a que una tijera le atravesó el corazón. De los tres hombres que murieron, uno fue por recibir un martillazo en el cráneo, a otro le volaron los sesos con una escopeta, y el tercero fue incinerado por dentro (ingirió aproximadamente un litro de gasolina y luego, de alguna forma, le prendieron fuego).

Los investigadores esperaban que al salir Aurelio de su letargo, este pudiese aclararles, con su testimonio, qué era lo que exactamente había sucedido en el campamento. Lamentablemente, se llevaron la decepción de que cuando por fin el sospechoso logró despertar, este no pudiese articular una sola palabra. Balbuceaba incoherencias. Decía cosas que nadie comprendía. Era como si hablase otro idioma, pero la familia de él aseguraba que jamás había aprendido a hablar otra cosa que no fuera español, y ninguno de los políglotas del pueblo lograba entender tampoco nada de lo que el susodicho decía.

Por suerte para los oficiales, unos curiosos que se acercaron hasta el lugar de los hechos hicieron un gran hallazgo. Encontraron, detrás de unos matorrales, una cámara de video que había pertenecido a una de las víctimas. Al comienzo de la filmación, aparecen los estudiantes muy contentos bebiendo y jugando junto a una fogata que hicieron el mismo día en el que llegaron. De pronto, escucharon un grito espeluznante, ensordecedor, que hizo que todos se quedasen en silencio. "No se asusten, debe ser un gato montés que anda por ahí", dijo uno de los hombres del grupo, que luego agregó a la vez que sostenía entre sus manos a una escopeta: "¡Nosotros vinimos preparados para eso!". "¡Bien por ti!", dijo una de las muchachas, "Pero lo que soy yo, me voy a meter en la carpa".

La escena se corta justo en ese momento y luego aparecen los seis estudiantes, visiblemente asustados, metidos en una sola carpa, tratando de vislumbrar qué sucedía alrededor. De repente, se oye otro grito aterrador similar al que se había escuchado antes, acompañado esta vez de los gritos de miedo de las chicas presentes. Comienzan a llorar. Los muchachos tratan de consolarlas pero ellos a duras penas logran contener sus propias lágrimas. Otro grito terrorífico. La situación no puede ser más escalofriante. Desafortunadamente, el video se corta, aparece ruido blanco y deja de escucharse lo que dicen los jóvenes. Los investigadores se disponen a retirar la cinta del reproductor, cuando aparece de nuevo la imagen. Continua el video.

Esta vez, la cámara filma todo aparentemente desde el suelo de una de las fosas. Por lo que se puede apreciar, está amaneciendo. Uno de los chicos le habla a la cámara. Está aterrorizado. Dice que no sabe cómo llegó hasta ese hoyo, que lo último que recuerda es que estaban todos dentro de una carpa, muertos de miedo aguardando a que amaneciera, y que aparentemente se quedaron dormidos. En la grabación no se pueden escuchar, pero el muchacho asevera que desde allí puede oír los gritos de los demás, por lo que sabe que ellos están cerca y cada uno metido en una fosa como la suya. Pide a la persona que consiga ese video, que en el caso de encontrarse él sin vida, por favor le diga a sus padres que los quiso mucho. Llora un poco y luego, de improvisto, comienza a gritar cosas inentendibles y a darse golpes contra las paredes. Él mismo se araña el cuerpo con sus manos sin ninguna razón aparente. Después de unos minutos comportándose así, cogió un martillo del suelo y con todas sus fuerzas se golpeó su propio cráneo, cayendo inconsciente. La filmación persiste unos minutos más sin que nada ulterior ocurra y, finalmente, termina.

¿De dónde provenían los gritos estremecedores que escuchaban los jóvenes? ¿Cómo llegaron ellos hasta las fosas? En el caso del chico cuya muerte aparece captada en la grabación, ¿cargaba consigo el martillo o lo dejó allí la misma persona que los metió allí? ¿Por qué se hizo daño a sí mismo? ¿Por qué la cámara no se encontraba en la fosa cuando hallaron los cuerpos? Estas eran las principales dudas que tenían los investigadores al terminar de ver el video. Decidieron que, a como de lugar, tenían que obtener un testimonio del único sobreviviente de tan atroz tragedia.

Eso intentaron, pero cuando entraron a la habitación de Aurelio en el hospital, lo consiguieron colgado del techo. Ya no era más un suicida en potencia, ahora era sólo otro cadaver. En la pared frente a su cama, el occiso había escrito con su propia sangre las siguientes palabras: "¿Eloí, Eloí, lemá sabactaní?". Nadie sabía lo que significaban, pero reconocían haberlas escuchado de la boca del propio Aurelio en los días anteriores.

Mucho esfuerzo se hizo para hallar a alguien que entendiese lo que Aurelio había dejado escrito. No fue fácil, muchos expertos en lingüística viajaron hasta Puerto Claro atendiendo a los anuncios que habían sido publicados en los distintos periódicos nacionales pidiendo ayuda. Finalmente, algún tiempo después, un anciano profesor de una universidad europea develó el misterio: las palabras estaban en Arameo antiguo, y significaban: ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?.

El caso nunca fue resuelto.


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Cómo ya es costumbre, aquí está mi tardío cuento de Halloween. Espero que les haya gustado... y también que se hayan asustado aunque sea un poco ;)