20120929

Un optimista empedernido


El señor Eduardo besó a su esposa y se despidió de ella hasta la siguiente semana. Lo mismo hizo con su hija y sus dos nietos pequeños que vivían junto a ellos. Se subió a su oxidado Ford Zephyr del 79 y se marchó a la ciudad capital sin más compañía que su propio reflejo en el retrovisor. Se iba, como todas las semanas, con una sonrisa en el rostro y la nostalgia atada al alma. Llevaba ese peso sobre los hombros que solo llevan los que no desean marcharse.

Poco más de cinco horas de camino debía tomarle a don Eduardo arribar a su destino pero él se tardó más de seis. Además de que era poco lo que podía exigirle a su automóvil en materia de velocidad, al sexagenario le gustaba disfrutar del recorrido,  a pesar de que no era mucho lo que había para admirar más allá de las montañas en el horizonte y una vegetación tropical. Aún teniendo que atravesar el más espectacular de los paisajes, muchas personas se obstinarían de él si tuviesen que transitar el mismo camino todas las semanas. Eduardo no era una de ellas. Él no sabía cómo estar obstinado.

Al encender la luz de la oficina, el señor Eduardo notó que el reloj de pared marcaba las diez menos cuarto de la noche. Tomó un poco de agua y luego bajó hasta el sótano del edificio donde estaba la habitación que habían “acondicionado” para que fuese su alcoba: Un colchón tirado en el suelo, un escritorio haciendo las veces de mesa de noche, un poster en la pared con la imagen de una paradisíaca playa, y una minúscula ducha portátil. El sexagenario estaba más que satisfecho con su habitación: al menos así no tenía que pagar alquiler alguno.

Aún no había amanecido cuando sonó la alarma del despertador. Comenzaba otra jornada de trabajo y había que recoger a un cliente  a las siete y media de la mañana.  Al subir de nuevo a la oficina, abrió una de las ventanas que daba hacia la calle para tomar un poco de aire fresco, si es que existe tal cosa en Manila. Miró al firmamento buscando fútilmente las estrellas. En su pueblo natal solía pasar horas contemplando a esas chispas de luz en el cielo, pero en la gran ciudad sólo podía verlas con los ojos de la memoria.

Con apenas cinco minutos de retraso llegó al hotel donde lo esperaba su cliente. Toda una proeza considerando el tráfico infernal de la capital filipina.  Con una gran sonrisa en el rostro le explicó a su nuevo copiloto el itinerario del día y emprendió la marcha rumbo al primer destino: Tagaytay. “¿Cómo es posible que alguien llamado Eduardo no hable Español?”, le había espetado su cliente, en inglés, al escuchar a su guía turístico decir que no dominaba ese idioma. El pasajero se llamaba Ezequiel y provenía de algún país suramericano. La verdad era que en aquel peculiar país del sureste asiático, lo único que se conservaba intacto de la nación que por  más de 300 años los había colonizado eran la religión y los nombres propios.

El calor era inclemente pero afortunadamente el automóvil de la empresa, a diferencia del Zephyr, tenía aire acondicionado. El señor Eduardo, siempre con una sonrisa, respondía a las preguntas que su cliente le hacía sobre los lugares que iban recorriendo. El día transcurrió según lo planificado con la salvedad de que no pudieron acercarse hasta el volcán más pequeño del mundo por encontrarse en alerta de actividad. A las seis de la tarde, el guía turístico dejó a Ezequiel de vuelta en su hotel y regresó a su oficina con la satisfacción de saber que hizo un buen trabajo. 

De nuevo en su morada improvisada, don Eduardo llamó por teléfono a su señora para contarle sobre su día y desearle las buenas noches. Luego de cenar cualquier cosa que encontrase en la nevera de la oficina y de ocuparse de su aseo personal, Eduardo se dispuso a dormir desde temprano. Había sido un largo un día y habría otro cliente a quien recoger a la llegada del alba. Sin embargo, lo único que importaba para él era que estaba un día más cerca de volver a casa. Después de todo, él no era más que un optimista empedernido.

El verdadero Señor Eduardo