20120929

Un optimista empedernido


El señor Eduardo besó a su esposa y se despidió de ella hasta la siguiente semana. Lo mismo hizo con su hija y sus dos nietos pequeños que vivían junto a ellos. Se subió a su oxidado Ford Zephyr del 79 y se marchó a la ciudad capital sin más compañía que su propio reflejo en el retrovisor. Se iba, como todas las semanas, con una sonrisa en el rostro y la nostalgia atada al alma. Llevaba ese peso sobre los hombros que solo llevan los que no desean marcharse.

Poco más de cinco horas de camino debía tomarle a don Eduardo arribar a su destino pero él se tardó más de seis. Además de que era poco lo que podía exigirle a su automóvil en materia de velocidad, al sexagenario le gustaba disfrutar del recorrido,  a pesar de que no era mucho lo que había para admirar más allá de las montañas en el horizonte y una vegetación tropical. Aún teniendo que atravesar el más espectacular de los paisajes, muchas personas se obstinarían de él si tuviesen que transitar el mismo camino todas las semanas. Eduardo no era una de ellas. Él no sabía cómo estar obstinado.

Al encender la luz de la oficina, el señor Eduardo notó que el reloj de pared marcaba las diez menos cuarto de la noche. Tomó un poco de agua y luego bajó hasta el sótano del edificio donde estaba la habitación que habían “acondicionado” para que fuese su alcoba: Un colchón tirado en el suelo, un escritorio haciendo las veces de mesa de noche, un poster en la pared con la imagen de una paradisíaca playa, y una minúscula ducha portátil. El sexagenario estaba más que satisfecho con su habitación: al menos así no tenía que pagar alquiler alguno.

Aún no había amanecido cuando sonó la alarma del despertador. Comenzaba otra jornada de trabajo y había que recoger a un cliente  a las siete y media de la mañana.  Al subir de nuevo a la oficina, abrió una de las ventanas que daba hacia la calle para tomar un poco de aire fresco, si es que existe tal cosa en Manila. Miró al firmamento buscando fútilmente las estrellas. En su pueblo natal solía pasar horas contemplando a esas chispas de luz en el cielo, pero en la gran ciudad sólo podía verlas con los ojos de la memoria.

Con apenas cinco minutos de retraso llegó al hotel donde lo esperaba su cliente. Toda una proeza considerando el tráfico infernal de la capital filipina.  Con una gran sonrisa en el rostro le explicó a su nuevo copiloto el itinerario del día y emprendió la marcha rumbo al primer destino: Tagaytay. “¿Cómo es posible que alguien llamado Eduardo no hable Español?”, le había espetado su cliente, en inglés, al escuchar a su guía turístico decir que no dominaba ese idioma. El pasajero se llamaba Ezequiel y provenía de algún país suramericano. La verdad era que en aquel peculiar país del sureste asiático, lo único que se conservaba intacto de la nación que por  más de 300 años los había colonizado eran la religión y los nombres propios.

El calor era inclemente pero afortunadamente el automóvil de la empresa, a diferencia del Zephyr, tenía aire acondicionado. El señor Eduardo, siempre con una sonrisa, respondía a las preguntas que su cliente le hacía sobre los lugares que iban recorriendo. El día transcurrió según lo planificado con la salvedad de que no pudieron acercarse hasta el volcán más pequeño del mundo por encontrarse en alerta de actividad. A las seis de la tarde, el guía turístico dejó a Ezequiel de vuelta en su hotel y regresó a su oficina con la satisfacción de saber que hizo un buen trabajo. 

De nuevo en su morada improvisada, don Eduardo llamó por teléfono a su señora para contarle sobre su día y desearle las buenas noches. Luego de cenar cualquier cosa que encontrase en la nevera de la oficina y de ocuparse de su aseo personal, Eduardo se dispuso a dormir desde temprano. Había sido un largo un día y habría otro cliente a quien recoger a la llegada del alba. Sin embargo, lo único que importaba para él era que estaba un día más cerca de volver a casa. Después de todo, él no era más que un optimista empedernido.

El verdadero Señor Eduardo

20110618

Sombras de Junio

Sombras de Junio cubren mi alma,
el llanto invisible de la melancolía.
Vestigios de un ayer oxidado me persiguen,
camuflados en la penumbra de un adiós sin dueño.
Y el dolor que se escurre a través de mi memoria,
tan solo huye de los fantasmas de la Gloria.

Corro sin rumbo y sin destino,
dejando huellas en un camino de recuerdos.
Una suave brisa mi tristeza acaricia,
a la vez que la luna me invita a jugar con ella.
Un, dos, tres vueltas al olvido.
Ocho, nueve, diez anhelos escondidos.

Y la noche se esparce por mi mente,
donde la nada todo se vuelve.
¿Por qué llueve siempre en mis sueños?
Prefiero creer en primaveras de invierno
y que en el horizonte la esperanza se oculta,
llena de miedos marchitos e ilusiones de infortunio,
esperando se desvanezcan...
las sombras de Junio.

20101217

Bajo la mirada de Chopin

Se bajó del avión jurando que nunca más volaría de nuevo. Siempre juraba lo mismo, aunque continuamente quebrase su promesa. Había algo en la experiencia de volar que detestaba, mas no se trataba de una fobia. Simplemente, odiaba todo lo relacionado con subirse a una aeronave y bajarse de la misma. En particular, lo que más repulsión le causaba era pasar a través de los mecanismos de seguridad. A pesar de que en todo momento cumplía las normas al pie de la letra, no podía evitar sentirse nervioso mientras se despojaba de sus prendas de metal.

Tuvo que esperar 40 minutos en cola para que finalmente un oficial de inmigración con la simpatía de un ladrillo le sellase el pasaporte, y 30 minutos más para poder retirar su equipaje. Luego de esto, obtuvo algo de dinero en moneda local de uno de los cajeros bancarios disponibles y, posteriormente, salió del aeropuerto hacia el ala izquierda, donde aguardaban los taxistas legales.

“¡Dzień dobry!”, le dijo al conductor del taxi. Era lo único que sabía en polaco, no obstante el hecho de haber vivido con una chica de esa nacionalidad durante ocho años. “¡Centrum, please!”, agregó luego para indicarle que quería ir al centro de la ciudad.

Se registró en el hotel bajo un seudónimo: nunca estaba de más un poco de precaución. Como ya era de noche, decidió cenar cerca del lugar donde se hospedaba para luego volver a su habitación a planificar lo que haría al día siguiente. La taquicardia que sentía le recordaba que ya no podía esperar más. Ya lo había hecho por cinco años. Sin duda, era demasiado tiempo.
Aún recordaba con pena aquella noche en la que, al volver a casa luego de un duro día de trabajo, no la encontró allí. No solo faltaba ella, sino también todo indicio que pudiese indicar que alguna vez su novia había existido. Ambos sabían que ese día llegaría. Ninguno de los dos quería que eso sucediera.

“Si me descubren, tendré que desaparecer de improvisto y por tiempo indefinido. Cuando haya pasado el peligro, entonces haré contacto contigo. Antes no”, le había dicho Anastazja en cierta ocasión.

“¿De cuánto tiempo estamos hablando?”, quiso saber él.

“No lo sé, pero será un buen tiempo”, le había contestado ella. “Voy a crear una cuenta de correo en gmail con el usuario louise1849, y la clave será tu nombre más el año que nos conocimos. Por esa vía será que te contactaré si esto llegase a pasar, mas no antes de seis meses”.

“Entiendo, pero… ¿realmente crees que esto pueda pasar?”.

“Conoces mis circunstancias”, había dicho la precavida chica. “Sabes que todo es posible”.

Por sus circunstancias, se refería al hecho de que Anastazja, aunque de madre polaca, en realidad había nacido y vivido parte de su vida en Rusia (la otra parte la había transcurrido en Polonia). Su padre había sido un agente encubierto de la KGB en diversas partes del mundo durante los años de la guerra fría. Mucho después de la Perestroika, cuando ella tenía 19 años, Nastia –así le decía su papá- fue testigo de cómo unos hombres irrumpieron en su hogar y asesinaron a sus padres. A la chica también le habían disparado, con el único detalle de que milagrosamente había sobrevivido.

Cómo había sido capaz de identificar a uno de los asesinos –quien había sido un antiguo jefe de su padre-, el gobierno ruso, como medida de protección, le otorgó una nueva identidad. Apenas se hubo recuperado, cómo sabía que tener una nueva persona no sería suficiente para mantenerla alejada de esa gente tan peligrosa, decidió emigrar al Reino Unido, país donde pensaba podría iniciar una nueva vida.

De hecho, así había ocurrido en un principio, ya que con lo que había salvado de la herencia de su padre había logrado completar una carrera en computación y también, más tarde, se había enamorado. Él único detalle era que había conservado la identidad que el gobierno de su país le había dado, y estaba consciente que sería solo cuestión de tiempo antes de que los mafiosos que andaban detrás de ella dieran con su nombre falso –Irina Vólkova- y la rastreasen. Ella le había contado toda su historia a su prometido, quien había sido muy comprensivo, mas no le había dicho que llevaba tiempo preparándose para cuando lo inevitable sucediera. Inclusive, había conseguido en el mercado negro una nueva vida. Su novio, pensaba ella, se enteraría en su debido momento.

Cinco años en lugar de seis meses había tardado Anastazja, alias Irina Vólkova, en comunicarse con su prometido. Era el tiempo que le había tomado cerciorarse de que estaba relativamente a salvo. Su novio ya había comenzado a perder las esperanzas, al punto de que ya no revisaba diariamente la dirección de correo especial que ella le había creado. Por esta razón, su corazón se paralizó por un instante el día que, al iniciar sesión en la cuenta, encontró un mensaje nuevo. Sin embargo, para su desilusión, el correo en cuestión parecía ser un spam. El asunto decía simplemente Hey Matt!, y la dirección del remitente era: hot_stocks_1810@yahoo.com. El cuerpo del mensaje contenía apenas lo siguiente:

Check this out: 6, 19-21

Todos los indicios sugerían que se trataba de un correo basura, excepto por un detalle: nunca antes, en el tiempo que llevaba revisando esa cuenta, había recibido ninguna clase de mensajes, ni siquiera spam. Era muy sospechoso que de pronto empezase a llegar este tipo de correos. Ahora bien, si de verdad lo había enviado Nastia, lo que no entendía era por qué estaba dirigido a un tal Matt si su nombre era Andrew. Nada tenía sentido.

Pasó una semana sin que ningún otro mensaje llegase al buzón electrónico, por lo que cada día Andy estaba más y más convencido de que se trataba un acertijo de parte de ella. Los números parecían indicar un fragmento de la Biblia (capítulo 6, versículos del 19 al 21), pero… ¿de cuál libro? Hay muchísimos en las Sagradas Escrituras.

Fue entonces cuando le encontró sentido al “Matt” en el asunto del correo: se refería a Matthew, es decir, Mateo 6,19-21. Frenéticamente, buscó la copia de la Biblia que había estado reposando eternamente a un lado de la estantería ubicada en la sala de estar. La frase que encontró, le dejó más perplejo de lo que ya estaba: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón".

Buscó durante horas en Google un significado a esa fragmento bíblico, mas todo lo que encontró fueron interpretaciones religiosas. Resignado, se fue a dormir un poco desmoralizado. Al parecer, había interpretado mal el correo. No obstante, apenas pusu su cabeza sobre la almohada, el significado de la frase le vino a la mente como una revelación bíblica: ¡Fryderyck Chopin! El compositor favorito de Nastia.

Durante una visita a Varsovia con su novia, Andy recordó que en un museo había leído la historia referente al corazón del célebre pianista. Chopin había vivido los últimos años de su vida en París y allí había fallecido en 1849, pero en su lecho de muerte había pedido ser enterrado en Varsovia, la ciudad que tanto quería. A pesar de sus deseos, transportar el cadáver del músico hasta Polonia había resultado imposible, por lo que su hermana Ludwika, que en inglés vendría siendo algo así como Louise, decidió tomar únicamente el corazón de Chopin y llevárselo consigo a su país.

Una breve investigación por Internet le arrojó a Andy que el corazón del compositor estaba enterrado bajo una columna de la Iglesia de la Santa Cruz, muy cerca del palacio presidencial en la capital polaca. Sin duda alguna, era a Varsovia donde tenía que ir.



Esa mañana, Andy desayunó rápidamente en el hotel y partió rumbo a la famosa iglesia. Al llegar allí, buscó la columna bajo la cual estaba el corazón del músico, pensando que sería una especie de mausoleo. En este sentido, se decepcionó un poco al descubrirla: no era más que una gran columna. Por otro lado, se llenó de satisfacción en cuanto leyó en la mencionada pieza arquitectónica, la misma inscripción bíblica que su novia le había sugerido en el correo.




Mientras examinaba el lugar en busca de algún indicio de Anastazja, un anciano sacerdote se acercó hasta él y comenzó a recitarle algunas oraciones en polaco. Andy intentó pretender que agradecía el gesto del cura y que también oraba, pero no fue necesario: el clérigo se le acercó al oído y le dijo en perfecto inglés que una joven le había indicado que una persona con exactamente las mismas características de Andy, se aparecería en la iglesia esa semana. El padre tenía en su poder una carta de Nastia dirigida a él.

En privado y con mucha emoción, Andrew leyó el mensaje que su novia le había dejado. La carta tenía una sola línea: ¡Búscame en el retrete real!. Andy se sintió abatido. No quería continuar resolviendo acertijos.

Volvió hasta la Iglesia y le mostró al sacerdote el contenido de la carta. Quería saber si este tenía alguna idea sobre qué había querido decir su prometida en la carta, aunque no tenía muchas esperanzas. Contra sus pronósticos, el cura le dijo que seguramente la carta se refería al parque Łazienki, ya que literalmente significaba “baño” en polaco, y en dicho lugar estaba situado un palacio real. Tenía sentido lo que decía. Sin embargo, el mencionado parque era el más grande de Varsovia, cómo saber adónde en específico tenía que ir?

Recordó entonces que ya había estado una vez en ese sitio. Había ido con Anastazja porque ella quería que él conociera su lugar favorito en toda Varsovia: el Monumento a Chopin. Era una estatua gigante del músico que estaba situada frente a un pequeño lago en Łazienki. Andrew no tuvo más dudas.




Era invierno, por lo que el lugar no se le antojó tan majestuoso como le había parecido aquella lejana mañana otoñal en la que había estado allí por primera vez. Aún así, podía sentir algo mágico en ese sitio. Sin perder tiempo, se acercó hasta la estatua en busca de alguna pista, pero todo estaba lleno de nieve. Tan sólo se podía ver la figura del pianista, quien estaba sentado sobre un árbol con la mirada perdida hacia un costado. ¡Eso era! ¡La mirada! Corrió hasta el lugar hacia donde apuntaban los ojos de Chopin y escarbó en la nieve. Al poco rato, logró ubicar una pequeña caja roja de metal, la cual abrió enseguida. En su interior, encontró una llave con una dirección: "39 Freta".


Andrew consultó por medio de su móvil la ubicación de la referida calle y encontró que estaba situada muy cerca del centro histórico de la ciudad. Salió corriendo del parque y tomó el primer tranvía que pudo hasta el Old Town. Caminando por las viejas calles del casco central de Varsovia, se maravilló ante la belleza del mismo aún cuando tuvo que ser reconstruído casi en su totalidad luego de la guera. Casi todo había sido destruido y, sin embargo, allí estaba la ciudad de nuevo. Altiva y desafiante.




Al llegar al número 39 de la calle Freta, probó la llave que había hallado antes en la puerta y se percató de que no encajaba. Examinando la fachada de la casa, encontró un buzón de correos junto a la entrada, el cual logró abrir con el objeto que obtuvo en el parque. Adentro, se topó con otra llave, la cual sí encajó con la cerradura de la puerta principal.

Agnieszka Cichocki leía un libro sobre su cama cuando escuchó la puerta de su casa abrirse. Echó la obra que estaba leyendo a un lado, removió las gafas de lectura de su cara, se ajustó la bata de seda que llevaba puesta, y miró con ansías hacia el umbral de la habitación. ¡No podía mantener la calma!



Cuando finalmente Andrew se asomó en la alcoba, una sonriente Agnieszka apenas le dijo: "¡Pensaba que nunca llegarías!". Todo lo demás, la mujer anteriormente conocida como Irina Vólkova se lo dijo con la mirada.

20101107

Religión sin religiones

Los mejores amigos no son aquellos que más tiempo han compartido contigo, ni los que se ríen de todos tus chistes o te acompañan de fiesta en fiesta. Los mejores amigos son los que, de una u otra manera, piensan como tú. Pocas cosas pueden superar la sensación que provoca conversar con alguien que llega, genuinamente, a las mismas conclusiones a las que has llegado por sus propios medios. La forma de pensar es, tal vez, la característica más importante y también la más subestimada a la hora de evaluar a una persona.

Es tan vital la forma de pensar que muchas veces sin estar conscientes de ello, acabamos rodeados de personas que opinan de manera semejante a nosotros. El punto negativo de esto es que, en varias ocasiones, cuando nos vemos en medio de gente con ideas muy diferentes a las nuestras, tratamos de forzar nuestra forma de pensar en ellos. Si no piensan como yo, entonces están mal.

Sucede en política y en cuanta actividad humana exista, incluso en lo concerniente a aficiones deportivas, pero sobretodo ocurre, con consecuencias mayoritariamente catastróficas, en todo lo relacionado con religión. Si no crees en lo que yo creo, entonces debes ser castigado.

Así, vemos a católicos “evangelizando” a tribus indígenas para que abandonen sus creencias paganas y se postren a adorar a Dios … y eso dejando de lado a las infames cruzadas. Musulmanes suscribiéndose a una guerra “Santa” en contra de los infieles, es decir, nosotros; simplemente porque no compartimos sus creencias. Judíos conformando comunidades muy cerradas debido a que son el pueblo predilecto de Dios y todo lo ajeno a ellos es impuro. Testigos de Jehová visitando casa por casa tratando de persuadir a los valientes que los reciben para que se unan a ellos: los únicos que serán salvados y vivirán eternamente luego del Juicio Final… y también observamos a ateos tratando de convencer al resto del mundo de que Dios no existe.

¡Tantas muertes se han causado en el nombre de Dios! Y lo peor es que realmente no sabemos quién es Él. Todas las religiones del mundo, mayores y menores, incluyendo a los ateos, creen tener la razón… mas, lo más probable, es que ninguna la tenga. La verdad es simple: no sabemos. Por ejemplo: las religiones cristianas basan sus códigos y creencias en la Biblia, aceptada y reconocida como la Palabra de Dios, pero acaso hay garantía, aún aceptando como cierta la historia de Jesucristo, de que todo lo escrito en el Antiguo y Nuevo Testamento provino de las plumas de personas sagradas e iluminadas por Jehová, y no de algún arameo con mucha imaginación? Ni siquiera sabemos por cuántas manos pasó la Biblia durante el período conocido como “Oscurantismo” para andar afirmando que el libro realmente es sagrado. Y algo similar ocurre con el Corán, las Sagradas Escrituras del pueblo judío y con todo libro sagrado de cualquier religión (ya que todas tienen al menos un libro sagrado).

Como le dije a un amigo ateo recientemente: “yo no te puedo demostrar científica e irrefutablemente que Dios existe, pero tú tampoco me puedes demostrar lo contrario”. La única forma de saber a ciencia cierta qué hay después de la vida es muriendo… y para entonces ya es muy tarde para contarle al resto del mundo sobre tu descubrimiento.

A la final, cada quien debe creer –o no creer-, en lo que quiera, en lo que más le llene. A mí me satisface creer que sí hay un Dios, y que al morir nos reencontraremos con todos nuestros seres queridos que poco a poco nos han ido abandonando si somos buenos y no le hacemos daño a nadie. Pero si a otra persona le gusta creer en Allah, Krishna, Yahvé, Jehová, Ra, Zeus o Maradona: ¿Quién soy yo para impedírselo?

¿Por qué tenemos que convencer al prójimo de que crea en lo que yo creo? Mientras no se le haga daño a nadie, cada quien que tenga fe en lo que quiera creer.

Como dijera el gran filósofo McCartney: “Live and let die!”.

20100626

Iguales y diferentes

Somos distintos siendo los mismos,
tal como copos de nieve de un invierno lejano.
Nuestras miradas esconden un sabor a mundo.
Nuestros alientos guardan rastros del tiempo.
La inocencia se ha derretido en nuestras venas.
Sabemos hacia dónde vamos.
Desconocemos cuándo llegaremos.


Y somos los mismos siendo distintos.
Compartiendo anhelos,
saboreando ilusiones.
Con ganas de estar juntos y mordernos los sueños,
arrullándonos el corazón,
acariciándonos el alma.
Dibujando nuestros rostros con susurros.
Abrazando la certera posibilidad de lo incierto.
Sabiendo que cuando todo esté dicho y hecho,
estaremos uno al lado del otro.
Por ti y para mí,
Tu mano entre mis manos.
Tú contando hasta diez.
Y yo...
hasta el infinito.

20100523

Eso de emigrar

Si los perfiles de Facebook fueran un real indicativo del nivel de felicidad de una persona, podríamos concluir entonces que aquellos que viven en el exterior llevan una vida estupenda y digna de envidia. Según mi opinión particular, lo único que se puede concluir de lo antes mencionado es que es muy verídico el refrán que dice: “Dime de que alardeas… y te diré de qué careces”.


Irse a vivir “afuera” tiene sus ventajas (de lo contrario, no tendría sentido hacerlo), pero no es una panacea. A menos que seas un psicópata sin sentimientos o alguien con una muy pésima familia, tu vida en otro país no va a ser ni remotamente tan perfecta como otros la pintan.

Es un trade-off. Un obtener ciertas cosas a cambio de otras. Por ejemplo: obtener cierta estabilidad jurídica y puede que económica, a cambio de estar con tu gente. Porque no es lo mismo contar con uno que otro viejo amigo y muchos recién conocidos, que saber que tu espalda la sostienen tus seres queridos y la mayoría de tus viejos amigos. No es lo mismo llegar a casa y que tus padres, tus hermanos, tu pareja, o incluso tus abuelos te pregunten cómo te fue y traten de consentirte, a llegar a tu hogar y encontrarte con un ‘flatmate’ a quien realmente no le importa mucho cómo te pudo haber ido en el trabajo, así te lo pregunte.


No es igual. Menos aún, fácil. Sin embargo, uno se va acostumbrando. ¿A qué no se acostumbra el ser humano? El problema está en que no todo el mundo quiero hacerlo. Algunas personas sienten que si, por ejemplo, no están en contacto continuo con sus familiares, se mueren… y entonces dejan de disfrutar muchas de las ventajas que ofrece ese nuevo ambiente, por estar muy ocupados mirando hacia atrás permanentemente.


Si ya tienes experiencia viviendo sólo en otra ciudad dentro de tu mismo país, pues es muy probable que logres adaptarte bien en el extranjero. Por otro lado, aquellos que han tenido toda su vida viviendo en su hogar familiar, pues lo tienen un poco más complicado. Es a estas personas a quienes va dirigido esta entrada: aquellos que sienten cada día en sus cabezas al gusanillo de ‘hacer algo’, de explorar oportunidades, de probar nuevas fronteras; pero que realmente no saben lo que es vivir lejos de casa. Por favor, analicen cada detalle detenidamente, piénsenlo muy bien, porque la verdad es que esto de emigrar, no es para todo el mundo.

20100305

5 Minutos, 17 Segundos

Sebastián pasó los primeros años de su vida creyendo que tenía algún problema en la vista. No tenía idea de cuál en específico, pero pensaba que debía ser uno bastante grave, puesto que muchas veces le costaba enfocar su visión en algo y ver con nitidez. Su madre, en cuanto supo que su niño no veía bien, lo llevo de especialista en especialista tratando de encontrar el problema (y su respectiva cura), pero ningún oculista encontraba algo errado en los ojos de Sebas. “No me pasa todo el tiempo, pero cuando ocurre, es como si estuviese mirando dos cosas distintas a la vez”, era como el paciente describía su problema a los doctores, pero estos pensaban que el niño lo estaba inventado, ya que él había logrado leer todas las letras en la pared, y nadie que logre esa hazaña, afirmaban ellos, puede estar mal de la vista.

Después de bastante tiempo, uno de los oftalmólogos finalmente le sugirió a la madre de Sebastián que le comprase unas gafas con cristales transparentes. Él pensaba que el problema podía ser psicológico y que, de ser así, tal vez la idea de usar lentes bastaría para hacerle creer al niño que ya veía bien. La verdad es que las gafas poco efecto tuvieron en la nebulosa visión de Sebas, pero su uso coincidió casualmente con el momento en el que el niño comenzó a ver mejor. Por esta razón, la madre y el médico siempre pensaron que la hipótesis de este había sido correcta, cosa que influyo notablemente en el hecho de que el oculista eventualmente se convirtiera en el padrastro de la criatura. El padre de Sebastián se había casado, pero no con su madre.

La visión de Sebas mejoró al siguiente día de que este comenzara a usar lentes. Sin embargo, este avance tuvo más que ver con piratas que con sus gafas, ya que estaba disfrazado de corsario cuando por primera vez pudo ver sin problemas un programa de televisión. Resulta que desde que el niño tenía memoria, nunca había sido capaz de ver esa caja mágica sin sentirse mareado enseguida. Si había algo que él no podía ver con claridad, eso era el televisor cuando estaba encendido. Mas todo eso cambió cuando el niño, vestido de pirata, se dio cuenta de que si veía la tv a través de un solo ojo (debido al parche, obviamente), la podía ver perfectamente bien. Le tomaría un día percatarse de que su problema para enfocar se debía sencillamente a que veía cosas distintas por cada ojo.

¿Qué tan distintas eran las cosas que veía? Pues si por ejemplo con su ojo derecho observaba que estaban dando una caricatura en la tv, con su ojo izquierdo lo que percibía era que estaban transmitiendo los comerciales. En una época en la que el control remoto aún no existía, esto era toda una hazaña. Lo más extraño del asunto, era que todo lo que Sebastián veía a través de su ojo izquierdo, más tarde se repetía exactamente igual pero por su ojo derecho. Fue de esta manera que el niño se enteró de que podía ver el futuro.

Con la ayuda de un reloj, el cual Sebastián sabía leer gracias a imágenes en libros (un reloj era otra de las cosas que no podía ver con claridad), el muchacho pudo saber con precisión que su ojo izquierdo le permitía mirar cinco minutos y diecisiete segundos en el futuro. Dado que él era un niño muy maduro para sus escasos ocho años, prefirió callar y no hacer el anuncio a vox populi. No quería ser tratado como un fenómeno. En realidad, ni siquiera estaba orgulloso de esa particularidad: poder observar lo que va a pasar en 5 minutos no era una habilidad que le agradara mucho. ¿De qué le podía servir eso? No era como volar o poder leer los pensamientos: cosas, pensaba él, bastante más productivas.

Mas, al contrario de lo que había pensado inicialmente, Sebastián poco a poco le fue encontrando utilidad a su ojo izquierdo. Por ejemplo: gracias a él podía saber si al escoger determinado camino en su bicicleta, le iba a explotar un neumático al caer en un hueco; o podía evitar toparse con una persona desagradable si escogía una calle en lugar de otra. En fin… nada del otro mundo, pero cosas que sin duda le facilitaban un poco la vida.

Día tras día, el muchacho iba descubriendo nuevos usos para su ojo, pero el mejor, sin duda, fue el que descubrió a los 20 años… o, al menos, así le pareció a él. Ocurió cuando aprendió, gracias a uno de sus tíos, cómo funcionaba la bolsa de valores y se percató de que podía beneficiarle muchísimo saber cuál sería el precio de determinada acción cinco minutos más tarde. De ese modo, Sebastián logró hacerse multimillonario antes de cumplir los veinticinco años de edad.

El dinero le trajo muchos lujos a Sebastián… y también mujeres. Al principio, esto le encantaba. Cada semana se le veía con una mujer distinta del brazo, cada una más despampanante que la anterior. Sin embargo, paulatinamente, el adinerado joven fue sintiéndose solo aún cuando nunca le faltaba compañía. Se dio cuenta de que ninguna de sus “acompañantes” lo quería a él realmente. Querían era a su dinero. Por esta razón, Sebastián se trazó una nueva meta: lograr que alguna chica lo amase de verdad.

Para ello, trató de buscar la manera de aprovechar la ventaja que le proporcionaba su ojo izquierdo, pero… ¿cómo? Lo que necesitaba era saber sobre qué temas y cosas le podría gustar hablar a la chica con la que estuviese saliendo, no ver cómo iban a estar vestidas. “¡Si tan sólo pudiese escuchar también lo que va a ser dicho en cinco minutos!”, anheló para sí Sebastián… y fue entonces cuando se le ocurrió aprender a leer los labios.

Le costó algo de tiempo y mucha práctica, pero el joven logró su cometido al cabo de unos meses, y tal y como se lo había imaginado, poder leer los labios le resultó de maravilla a la hora de hacerle creer a una mujer que pensaba como ella. De esta forma, Sebastián logró enamorar perdidamente a más de una fémina, por lo que finalmente se sintió querido “de verdad”. Ya podía sentirse feliz, pensaba él. Mas, no obstante, no se sentía así. Algo le faltaba.

Y no era para menos: en su empeño por hacer que casi todas las mujeres lo amaran a él, Sebastián se había olvidado del pequeño detalle de que, para sentirse lleno con una persona, él también debía quererla de verdad. Lamentablemente para el peculiar chico, esto simplemente se da. No hay manera de hacer trampa al respecto y, para colmo de males: ¿cómo puede hacer una persona con una habilidad única y extraordinaria para encontrar a su media naranja? ¿Quién podría pensar siquiera remotamente parecido a él?

En los años sucesivos, el magnate tuvo una vida mucho más tranquila. Ya no salía con mujeres todo el tiempo, y cuando lo hacía, era porque creía que esa chica tendría el potencial de enamorarlo, lo cual no ocurría todo el tiempo, y se dedicó más bien a disfrutar de la vida en general. Sin excesos.

Cuando cumplió 35 años, el hombre que podía ver el futuro tomó por costumbre trotar todas las mañanas por un parque situado a pocos metros de su casa, a la cual se había mudado recientemente. Luego de trotar por una hora, se sentaba en uno de los bancos a disfrutar del paisaje y del efecto que el viento producía en su cara al chocar contra ella. De hecho, esto mismo se encontraba haciendo cuando de pronto, a través de su ojo izquierdo, Sebastián vio que en cinco minutos pasaría frente a él una mujer que, aunque no poseía una belleza descomunal, le iba a quitar el aliento. Nunca antes ninguna dama le había causado tal sensación. Por tal motivo, Sebas se levantó de su asiento y tomó la decisión de hablarle a la chica en cuanto pasase frente a él, estaba dispuesto a conocerla mejor. Jamás se había sentido tan nervioso y, para colmo, justo en ese momento, Sebas dejó de ver a través de su ojo “especial”. Era como si alguien se lo hubiese tapado con un parche.

Por un instante, Sebastián pensó que su fin estaba cerca. Si su ojo que veía el futuro ya no podía ver nada, razonaba él, eso quería decir que ya no tenía ningún futuro. Iba a morir en menos de 5 minutos y 17 segundos. Aún así, se armó de valor y cuando la dama especial que había captado su atención pasó frente a él, Sebas comenzó a hablarle, no sobre lo que pensaba que ella podría querer hablar, sino sobre lo que él mismo quería discutir. ¿Qué fue exactamente lo que él le dijo? No es importante. Lo relevante fue que logró que ella se interesara genuinamente en él. Continuaron hablando amenamente por un largo rato y, al final de la tertulia, intercambiaron teléfonos y concertaron una cita.

Al despedirse de la simpática mujer, Sebastián miró su reloj y notó dos cosas: la primera, que habían transcurrido dos horas y seguía vivo; la segunda.. que por primera vez en sus 35 años se había enamorado. Apenas se percató de esto, algo aún más sorprendente ocurrió: comenzó a ver de nuevo por su ojo izquierdo. Lo peculiar, era que por primera ocasión en su vida, Sebas pudo ver nítidamente aún con ambos ojos abiertos de par en par. Fue entonces cuando él se dio cuenta de que su prodigiosa habilidad le había abandonado.

A pesar de los muchos beneficios que poder ver el futuro le había traído, Sebastián pensó que con gusto sacrificaba esa habilidad a cambio de poder sentirse lleno y feliz, lo cual era como le hacia sentir la sola idea de saber que vería nuevamente a la chica al siguiente día. Así que, repleto de entusiasmo, el ya no tan joven chico dio la media vuelta para emprender el camino a casa. Ya sin poder ver el futuro, desde luego, pero, por vez primera, feliz con su presente.