20191221

La sonrisa de Ifigenia


Ifigenia despertó sin abrir los ojos. Los mantuvo cerrados aun cuando sabía que no iba a poder dormir de nuevo. Como todos los días, el sueño la había abandonado a las primeras señales del alba sin intención de volver hasta ya entrada la noche. Ella pensaba que, si pretendía que dormía, podría dilatar el inicio de ese día que tanto había llegado a detestar.

Recibió su primera llamada poco antes de las ocho. Trató de ignorar el persistente timbre del teléfono tanto como pudo, pero enseguida entendió que no lograría retrasar lo inevitable más tiempo. Había llegado el momento de levantarse de la cama y enfrentarse a los fantasmas de ese día.

—¡Sí, me quedé dormida! —asintió Ifigenia cuando su hija le preguntó si era por eso que no le había contestado la llamada más temprano—. ¿Van a venir más tarde?

—Sí. Iré con las niñas en lo que salga del trabajo.

—Aquí las espero. ¡Vengan con cuidado!

Ifigenia aceptó con un leve entusiasmo la noticia de que su hija del medio iba a poder visitarla junto a sus nietas. Aunque sabía que la casa no iba a estar tan animada como en sus mejores tiempos, al menos así no estaría tan desolada.  Ella estaba al tanto de que no pasaría el día sola: sus hijas y nietos que vivían en el mismo pueblo también la visitarían, pero a veces las sombras de quienes están ausentes opacan el resplandor de los presentes.

Ifigenia almorzaba las sobras del día anterior cuando recibió una de las llamadas que más esperaba. No hacia falta que él le dijera quién era. Ella podía reconocerle la voz al instante.

—¡Qué bueno que me llamas, mi Ángel! ¿Qué hora es allá?

—¿Cómo no la iba a llamar, abuela? No lo había hecho antes porque estaba trabajando. Acá son, más o menos, las siete de la noche.

–¡Qué! —exclamó la doña, a quien las diferencias horarias no dejaban de sorprenderle, año tras año—. Aquí apenas estamos almorzando.

Antes del anochecer, ya cada uno de sus nietos que tenía repartidos entre Inglaterra, Chile y Argentina, había telefoneado a su abuela para felicitarla. Luego de cada llamada, Ifigenia no podía evitar transportarse a una época reciente que ahora le parecía tan distante. Aquella en la que era feliz y no lo sabía, cuando tenía a sus cinco hijas y diez nietos en casa y la algarabía era tal que no podía hablar en paz con nadie. Un tiempo en el que su hogar siempre olía a cachapas y a mantequilla derretida.

Para la abuela, estrellarse contra la realidad era siempre la parte más difícil de dejarse llevar por el tren de la nostalgia. Ese momento en el que se percataba nuevamente de que ya nada era igual, y de que lo que una vez fue cotidiano, ahora podría no volver a ocurrir jamás.  Esta era la razón por la que ella trataba de no evocar el pasado, cosa que no podía evitar hacer en su cumpleaños.

Sin embargo, algo que Ifigenia no esperaba ocurrió mientras comía su pastel en compañía de los parientes que aún se encontraban en Venezuela: se sintió afortunada. Al ver a todos a su alrededor y recordar también cada llamada recibida, se dio cuenta de que aún tenía consigo a su familia, pues todos le habían dedicado unos minutos de sus días sin importar dónde estuviesen. La cumpleañera supo entonces que quienes se habían ido, en realidad nunca habían dejado de estar presentes; y en ese preciso momento, finalmente, Ifigenia sonrió.

No hay comentarios.: